La fascinante historia del agua en el Valle de México (II)

Ramón Aguirre

Ramón Aguirre

Registro Tláloc 

La historia del agua en el Valle de México explica, en buena medida, la historia de la ciudad misma. Tenochtitlán, la actual Ciudad de México y su vasta Zona Metropolitana se desarrollaron en un entorno tan fértil como adverso: una cuenca cerrada, sin salidas naturales para desalojar el agua de lluvia, situada, además, a 2 mil 240 metros sobre el nivel del mar.  

Desde su origen, en 1325, sobre un islote en medio del sistema lacustre, la ciudad enfrentó dos retos permanentes: conseguir agua suficiente para su población y, al mismo tiempo, evitar las inundaciones. Esa doble exigencia ha marcado siglos de decisiones, obras monumentales y gastos extraordinarios.

La relación del Valle de México con el agua ha estado definida por una sucesión de proyectos decisivos. Entre ellos destacan el tajo de Nochistongo, cuya construcción se prolongó por más de un siglo; los intentos, en más de una ocasión, de cambiar de sitio la capital, que finalmente fueron descartados por razones religiosas, políticas o militares; la construcción del Gran Canal del Desagüe, impulsada por Porfirio Díaz con la pretensión de resolver de manera definitiva el problema de las inundaciones; el Plan de Acción Inmediata, que planteó la perforación “provisional” de pozos para abastecer de agua a la ciudad y, más recientemente, obras como el Túnel Emisor Oriente.

Una de las primeras grandes obras hidráulicas para el suministro de agua a Tenochtitlán se construyó en 1381, cuando se construyó un acueducto desde los manantiales de Chapultepec. Aquella estructura de madera resultó deficiente tanto en su trazo como en su construcción, por lo que terminó destruida. Décadas después, en 1466, durante el gobierno de Moctezuma I, el acueducto fue reconstruido, lo que permitió sostener por un tiempo el crecimiento de la ciudad mexica, hasta que la demanda volvió a rebasar su capacidad.

Durante el gobierno de Ahuízotl, que se extendió de 1486 a 1502, se tomó la decisión de traer más agua desde los manantiales de Coyoacán. Para ello se dio la instrucción a Tzutzumatzin, gobernante de esa región, quien advirtió que la obra podría ocasionar daños a la capital. Ahuízotl interpretó esa advertencia como un desafío a su autoridad y ordenó la ejecución de su vasallo. A pesar de la advertencia, se realizó la construcción del acueducto, con el impensable resultado de que, efectivamente, la amenaza del rey brujo se cumplió y las aguas del nuevo acueducto generaron una completa inundación de Tenochtitilán.

Si el abastecimiento representaba un desafío mayor, el drenaje lo era todavía más. Una de las inundaciones más severas ocurrió en 1446, cuando precipitaciones extraordinarias elevaron el nivel de los lagos y anegaron por completo la ciudad.

Frente a esa amenaza recurrente, Moctezuma pidió apoyo a Nezahualcóyotl, señor de Texcoco, quien propuso la construcción de un albarradón. La obra consistió en una estructura de madera, piedra y barro, reforzada con mampostería, de 16 km de longitud, que se extendía desde el cerro de Atzacoalco hasta Iztapalapa. Además de contener las crecidas, permitía regular el comportamiento del agua y contribuía a separar las aguas dulces de las salobres dentro de la cuenca, una función esencial para la vida de la ciudad.

Ese albarradón sufrió daños durante la Conquista. En 1521, Hernán Cortés ordenó abrir boquetes en la estructura para permitir el paso de los bergantines. La decisión debilitó una obra clave para el control hidráulico de la cuenca, afectó la calidad del agua y dejó a la ciudad en una situación de mayor vulnerabilidad frente a las inundaciones.

RECONOCIMIENTO

Algunas partes de la reseña sobre la historia hídrica del Valle de México que se realiza en esta columna tienen como fuente el interesante libro La ciudad sumergida, de Manuel Perló Cohen, doctor en planeación urbano-regional y miembro del Sistema Nacional de Investigadores.