MITO
“El suicidio está controlado”, y cuando se habla de este problema se afirma que es mejor no hablar de él.
CONSECUENCIA
En 2024 se registraron 8,856 suicidios en México, manteniendo una tendencia al alza, con una tasa nacional de 6.8 por cada 100 mil habitantes, siendo Chihuahua, Yucatán y Aguascalientes los estados con mayores tasas. La mayoría de los casos ocurren en hombres y personas de 30 a 44 años. El problema representa una grave crisis de salud pública y laboral en 2025.
REALIDAD
Lo importante no son las cifras que aumentan cada año, tanto en México como en Estados Unidos, Europa, etcétera. Junto con los avances en el descubrimiento de las causas de las enfermedades y el diseño o creación de cientos de medicamentos para atacar con eficiencia todas o casi todas las enfermedades que sufre el ser humano, hay un interés cada vez mayor en la prevención de padecimientos que en otros tiempos eran mortales.
Pero junto con el entusiasmo de los grupos científicos por los logros progresivos que han aparecido, sobre todo en estos últimos 150 años, hay algunas ideas que impiden que los logros se conviertan en realidad para todos los seres humanos.
Éste es el caso del suicidio, que lo vemos en las noticias, en algunos ensayos que se presentan en las redes sociales, pero sobre todo en la sociedad, en donde se puede hablar abiertamente del cáncer que sufre Fulanito, del infarto que tiene en cama a Zutanito, pero no hablamos de los intentos de suicidio que se presentan en el círculo de nuestros conocidos o nuestra familia.
El primer obstáculo es nuestra reticencia a hablar de la muerte, en cualquier forma, pero más en la muerte por decisión propia.
Ya en una de estas columnas he hablado sobre el conflicto de la muerte asistida, que aún no ha sido aprobado por la legislatura mexicana y que tiene en ascuas a personas que, en uso de sus derechos, las imposibilitan de acceder a la muerte digna.
Curioso contraste en nuestro país: por un lado, no nos gusta hablar de suicidio y, por otro lado, negamos a los mexicanos el derecho de acabar dignamente con su vida.
La actitud más adecuada, a nivel personal, será escuchar a quien, de una manera abierta o velada, habla del suicidio, porque, aunque no seamos expertos psicólogos, podemos ayudar de alguna manera a quien está sufriendo y desea quitarse la vida.
Y, por otro lado, será conveniente participar en las sociedades u organizaciones que insisten en la autorización de la muerte digna.
La vida y la muerte son asuntos muy importantes como para que los tratemos superficialmente.
