El gran interregno

Yuriria Sierra

Yuriria Sierra

Nudo gordiano

Hay una frase de Antonio Gramsci que debería estar pegada en la pared de cada cancillería, banco central o redacción periodística del mundo: “El viejo mundo se muere. El nuevo tarda en aparecer. Y en ese claroscuro surgen los monstruos.” La escribió desde la cárcel, en los años 30, observando el colapso del orden liberal europeo de entreguerras. Hoy, casi un siglo después, la frase no ha perdido ni un gramo de su peso específico. Al contrario: se ha vuelto más densa y urgente, casi insoportable de leer.

Vivimos en el interregno. Ese espacio extraño e inquietante en el que una civilización ya no puede sostenerse sobre sus viejos andamios, pero todavía no ha vertido el concreto de los nuevos. Lo más perturbador no es la velocidad del derrumbe, sino que éste es simultáneo. No se trata de la crisis de una nación o una región. Se trata del colapso sincronizado de los marcos de referencia que la segunda mitad del siglo XX construyó con una fe casi religiosa en su durabilidad: el Estado-nación soberano, las instituciones multilaterales como árbitros del conflicto, la democracia liberal como horizonte inevitable, los partidos como mecanismos de representación, los medios masivos como constructores del espacio público compartido y la clase media como categoría estable de cohesión social. Todo eso está siendo erosionado o desmantelado en tiempo real y ante nuestros ojos.

Sería un error atribuir el desmoronamiento sólo a las fuerzas tecnológicas, pues las instituciones de la posguerra comenzaron a pudrirse mucho antes de que existiera el smartphone. El Consenso de Washington prometió prosperidad y entregó desigualdad. Las democracias formales prometieron representación y entregaron captura corporativa. El sistema financiero prometió estabilidad y en 2008 dejó al descubierto que había construido su prosperidad sobre una arquitectura de ficción. La gente no se desencantó de las instituciones por irracionalidad populista. Se desencantó porque las instituciones le fallaron primero. Y, sin embargo, no ha producido todavía ningún contrato social alternativo. Lo que hay es lo que el politólogo Ivan Krastev llama “democracia de la ira”: la capacidad de destruir sin la capacidad de construir.

Y en ese vacío los depredadores prosperan. No me refiero sólo a los obvios: los cárteles que se expanden hacia actividades legales, el crimen organizado que llena los espacios que el Estado abandona y ofrece, a su manera perversa, el orden que las instituciones legítimas ya no garantizan. Me refiero también a los depredadores con traje y corbata. Las plataformas tecnológicas que han capturado la infraestructura de la comunicación pública sin asumir ninguna de las responsabilidades que antes recaían sobre el espacio público. Los fondos de inversión que compran barrios enteros y los vuelven inhabitables para sus residentes históricos. Las élites extractivas que aprovechan cada crisis para concentrar más capital mientras los Estados debilitados carecen de instrumentos para redistribuirlo. Zygmunt Bauman lo llamó “modernidad líquida” y tenía razón: la liquidez no es igualitaria. Unos flotan; otros se ahogan. Los primeros son quienes tienen recursos para construirse embarcaciones privadas mientras el ferry colectivo hace agua.

El problema es civilizacional en el sentido más preciso del término: afecta a los cimientos sobre los que una civilización organiza su convivencia, distribuye sus recursos y produce sus significados. Cuando esos cimientos se erosionan sin que otros los reemplacen, lo que emerge no es el caos, sino una redistribución muy específica del poder hacia quienes tienen la capacidad de operar sin reglas, sin instituciones, sin contratos sociales que los limiten.

No hay respuesta fácil, y sería deshonesto fingir que la hay. Lo que sí, es la lucidez de nombrar el momento con precisión. Vivimos en el interregno. Los monstruos ya están aquí. Y la única posibilidad de que no se queden para siempre es empezar a imaginar, con seriedad y sin nostalgia, cuáles serán los nuevos contratos que nos haremos entre nosotros. El viejo mundo se muere. El nuevo tarda en aparecer. Mientras tanto, cuidado con la oscuridad.

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