Olimpiadas, la humanidad en su esplendor
Los franceses se preocuparon por celebrar las más grandiosas fiestas con motivo de los Olímpicos

Rafael Álvarez Cordero
Viejo, mi querido viejo
Mi querido viejo: estoy seguro que en estos días has disfrutado ampliamente de los Juegos Olímpicos que, transmitidos por varias cadenas de televisión, nos han permitido disfrutar de eso que representa la máxima demostración de la habilidad, destreza, fuerza y determinación del ser humano.
- Porque detrás de cada hombre, mujer o niño que está compitiendo, hay cientos, miles de horas de trabajo, de esfuerzo, de sudor, cansancio, dolor, y determinación; cada competidor ha vivido pensando en esos momentos en que luchará con compañeros de todo el mundo, y eso transforma esta competición olímpica en un torneo de amigos, que aunque tengan lenguajes diferentes, los une el deseo de superar con su cuerpo los desafíos de todos los deportes.
Aquí todos ganan, querido viejo, y tú ¿recuerdas nuestros Juegos Olímpicos en 1968, y la emoción que sentimos al ver a Enriqueta Basilio encender el pebetero, y luego ver las hazañas de los deportistas?, ¡qué tiempos aquellos, viejo querido!
Como siempre, los franceses se preocuparon por celebrar las más grandiosas fiestas con motivo de los Olímpicos y lo hemos disfrutado: los viajes de los atletas por el Sena, las exhibiciones de artistas y cantantes, los desfiles interminables de jóvenes y, por supuesto, el entorno: la catedral, los grandes edificios, el Palais Royal, etcétera.
Algunos de mis amigos han comentado la participación, un poco bizarra, de hombres y mujeres disfrazados de lo contrario, un gran barbudo con falda, unas chicas simulando avances sexuales, etcétera y una triste representación de La última cena, con travestis y lesbianas.
Quiero decirte, querido viejo, que esto no es nuevo, que aquí nos recordamos a Los 41, jovencitos homosexuales que fueron apresados en el siglo pasado y que ahora, en aras de la libertad, tienen sus exhibiciones multitudinarias, como si el mundo fuera diferente y se borraran los límites de lo masculino y lo femenino.
Querido viejo, en mi artículo editorial de ayer en la primera sección de Excélsior, señalé que, desde que nacemos, tenemos en nuestras células los cromosomas sexuales, las mujeres tienen dos cromosomas X, y los hombres tienen un cromosoma X y uno Y, y así vivirán toda su vida: mujeres XX, hombres XY.
Entonces, la fantasía de “cambio de sexo” es eso, fantasía, porque podrán inyectarse hormonas, podrán operarse sus órganos sexuales, pero seguirán siendo XX o XY toda la vida.
Los adolescentes que vimos desfilar, y los cientos que se reúnen en México para celebrar su libertad, siguen siendo hombres y mujeres, pero sufren lo que se llama disforia de género, que es la discordancia que tiene un sujeto entre su sexo biológico y su autopercepción sexual, problema psicológico que puede desembocar en psicosis y conductas aberrantes.
Como quiera que sea, querido viejo, nunca olvidaremos la emoción que nos produjo el escuchar a esta maravillosa mujer, Celine Dion, cuya voz resonó en todo el mundo, cuando pudo superar sus problemas de salud y viajó de Canadá a París para deleitarnos con el Himno al amor como nunca lo habíamos oído.
- ¡Felicitaciones, querido viejo!, vivimos épocas maravillosas.