Una de las profesiones más importantes es la del comunicador: su labor requiere investigación, análisis, comprobación de los hallazgos por medio de diversas fuentes, antes de publicar un texto en los medios. Pero el asunto no es fácil, sobre todo en estos años, porque México es uno de los países más peligrosos del mundo para ejercer el periodismo, con más de 170 comunicadores asesinados desde el año 2000. La ONU contabilizó al menos 89 asesinatos de trabajadores de la prensa y medios en un periodo de diez años.
México se mantiene entre los primeros lugares del mundo por el número de crímenes perpetrados contra los periodistas, ya son siete los asesinados del 1 de enero al 22 de julio de 2026: el 8 de enero, Carlos Castaro, en Poza Rica, Veracruz, reportero; el 2 de marzo, el periodista Kristian Uriel Zavala; el 18 de marzo, Juan David Gómez, en García, Nuevo León, de la página digital Táctica SS; el 2 de junio, Roxana Rivera Guzmán, en Nanchital, Veracruz, fundadora del periódico local Pulso Informativo del Sureste; el 11 de junio, Luis Ángel López, en Poza Rica, Veracruz, reportero de nota roja del periódico Vanguardia, y el 5 de julio, Alex Serna, en Zihuatanejo, Guerrero, trabajaba como periodista ambiental independiente.
Se pensaría que con estas cifras y el peligro de perder la vida por la publicación de un texto que “incomode” a la autoridad, ocasionaría un fundado temor y acabaría con la esta noble profesión, pero no es así, porque a pesar de que su vida está en peligro por decir la verdad, muchos periodistas seguirán en la lucha por su amor a la verdad.
Yo me inicié como articulista hace 41 años, cuando irritado por las decisiones con el Centro Médico Nacional durante el temblor de 1985, escribí una carta, que fue publicada en primera plana del diario unomásuno; aprendí de dos maestros, Manuel Bacerra Acosta y Huberto Batis, que me guiaron, aconsejaron y acompañaron en mis primeros textos. Aprendí a investigar, analizar, comparar, integrar y luego a redactarlo.
A lo largo de estos años sólo he recibido un aviso (hace 20 años) de un artículo que no se publicó porque hablaba de la esposa de un expresidente. Y así en estos más de 40 años he aprendido a redactar un poco mejor, mi vocabulario se ha ampliado, me siento contento con las dos columnas que publico, viernes y sábado, y el artículo del domingo, en la que hablo de lo que ocurre en nuestro México.
Ahora resulta que de buenas a primeras se acaba la libertad de expresión, ya que la Ley de Telecomunicaciones que se discute ahora en la Cámara de Senadores, Morena quiere convertirse en censora y controlar todo lo que se dice en los medios de comunicación a fin de castigar la crítica, ya que, por lo visto, a Morena le incomoda la investigación, le estorba la verdad y quiere callar a los mexicanos.
Los lineamientos de esta ley señalan muchas cosas, pero vale la pena revisar el siguiente: “La Comisión supervisará que las personas defensoras, los concesionarios de televisión abierta y radio, las concesionarias de televisión y/o audio de paga, así como las programadoras, den cumplimiento a los derechos de las audiencias y las disposiciones previstas en los presentes lineamientos y en la ley. Para el efecto, se podrán realizar monitoreos o cualquier otra acción, sin menoscabo de las atribuciones específicas con que cuentan la Secretaría de Gobernación, la Secretaría de Salud, la Secretaría de Educación Pública y cualquier otra autoridad competente” (sic).
¿Alguien puede negar que se trata de una ley censura?, ¿alguien puede argumentar que se protegerá a la población, en particular a los investigadores, editorialistas y periodistas que escriban algo que no le parezca a la cuatroté?
Al escribir, tal vez me he equivocado, pero nunca he publicado una mentira o una difamación, porque respeto a quienes me leen. Mi análisis y opinión sobre el señor que ya se fue, están apoyados en hechos que todo México ha sufrido, y mis críticas a empresas como Pemex, Tren Maya, Dos Bocas, Tren Interoceánico..., así como mis denuncias por errores en el sector salud, en educación, están plenamente sustentadas.
Por mi amor a México y amor a la verdad, no me callaré; seguiré investigando, analizando, y seguiré escribiendo lo que sé y lo que pienso. No me creo héroe ni escritor egregio, soy ciudadano mexicano y tengo derecho a hablar; seguiré agradeciendo a usted, estimado lector, que ocupe su tiempo al leerme y, como frecuentemente ocurre, lo comente, algo que me alienta a seguir adelante. No me callaré, amo a México y a la verdad.
