La Piedra

Al conjuntarse la monumental crisis económica con la crisis sanitaria, La Piedra ha sido incapaz de dimensionar sus alcances, trata de callar las voces de alarma, culpa al pasado, ignora la labor heroica de los profesionales de la salud que trabajan sin protección.

Rafael Álvarez Cordero

Rafael Álvarez Cordero

Viejo, mi querido viejo

                Honor a todos los profesionales de la salud,

                héroes y mártires de COVID-19

 

Corría el año 1972, de las entrañas de Tabasco llegó un joven a la Casa del Estudiante Tabasqueño de la Ciudad de México para estudiar en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM; pronto se dio a conocer, y el presidente estudiantil de aquella casa, Isidoro Pedrero Totosaus, al ver su pinta, su tozudez y obcecación, lo bautizó como La Piedra, diciendo que era terco como piedra, y que “habría que pulirlo"; ese joven era Andrés Manuel López Obrador.

En los años siguientes, propios y extraños han podido confirmar lo que sabiamente había definido Isidoro Pedrero; el joven López es una piedra que en el PRI tozudamente intentó llegar a la gubernatura de su estado, López es una piedra que del PRI se unió al PRD, lo saboteó y lo abandonó para formar su movimiento con un solo objetivo: llegar al poder.

Los filósofos, sicólogos, analistas e historiadores han hecho múltiples estudios sobre Andrés Manuel López Obrador y revisan qué hay detrás de La Piedra: ignorancia, desdeño por la ciencia, pensamiento mágico, mezcla de espiritualidad ranchera y superstición, resentimiento social, paranoia, obsesión por el poder y una profunda tristeza y desilusión en su mirada y su sonrisa sardónica; yo soy un catecúmeno en esos análisis, pero como una gran parte de los mexicanos, me doy cuenta de lo que significa ser La Piedra.

Desde antes de llegar a Palacio Nacional, La Piedra ignoró olímpicamente las leyes básicas de la economía y el turismo al cancelar el aeropuerto de Texcoco sólo por resentimiento social; La Piedra redactó un proyecto de gobierno que es la suma de buenos deseos sin sustento alguno; La Piedra escogió a sus colaboradores no entre los mejores, más capacitados y eficientes, sino sus amigos de Macuspana o compinches de sus correrías por el país.

La Piedra sigue pensando en el siglo pasado, apuesta por el carbón y el petróleo y rechaza las tecnologías limpias (los ventiladores de la Rumorosa); La Piedra destrozó el Sistema de Salud lo que ha causado dolor, enfermedad y muerte a miles de mexicanos; La Piedra destruyó el turismo, la investigación, el arte, la cultura y otras áreas que no le interesan; La Piedra, insensible, ignoró e ignora los lamentos de miles de víctimas de la delincuencia, miles de muertas por feminicidio, así como personas con cáncer, VIH, enfermedades mentales y demás; ignorante, La Piedra cerró las estancias infantiles y los refugios para las mujeres golpeadas; todas esas decisiones confirman que Isidoro Pedrero tenía razón.

Y ahora, al conjuntarse la monumental crisis económica con la crisis sanitaria, La Piedra ha sido incapaz de dimensionar sus alcances, trata de callar las voces de alarma, culpa al pasado, ignora la labor heroica de los profesionales de la salud que trabajan sin protección, amenaza a quienes tienen cifras y datos, insulta a quienes quieren colaborar para salir de la crisis, denuncia (como vieja chimolera) a empresarios, industriales y a quienes que tenemos un lugar en los medios de comunicación.

La Piedra no entiende, ignora al mundo, (el sainete de Rocío Nahle en la OPEP es ejemplo de ignorancia y necedad); y permanece en silencio o repite su discurso matinal ante la mirada arrobada de sus “reporteros” predilectos, mientras las crisis siguen adelante y afectan vidas y economías de millones de mexicanos; y ahora al sentirse cada día más solo, La Piedra pide que haya “una tregua”.

Y recuerdo la pregunta de El Principito, de Antoine de Saint-Exupéry: “Si le pides a una piedra que florezca y no florece, ¿de quién es la culpa?”; lo que puede llevar al desaliento, pero recuerdo también la sabia sentencia que dice: “Una gota de agua rompe una piedra no por su fuerza, sino por su constancia”, y entonces a pesar de todo renace el optimismo.

Porque somos miles, millones, los que queremos que La Piedra se comporte como verdadero Presidente de México, somos miles, millones que no queremos una tregua, no estamos en guerra, queremos un gran acuerdo nacional, que involucre a todos: ciudadanos, líderes, legisladores, consejos, asociaciones, partidos, etcétera, y que permita que a México le vaya bien; queremos ser las gotas de agua que rompan La Piedra, para bien de todos.

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