La dicha inicua de perder el tiempo

El amor a la indolencia es universal, o casi. Samuel T. Coleridge Mi querido viejo: conversaba hace unos días con un compañero de escuela que se jubiló hace tiempo y me dijo entre otras cosas que algo de lo que más aprecia en que puede pasar minutos y horas “sin ...

Rafael Álvarez Cordero

Rafael Álvarez Cordero

Viejo, mi querido viejo

El amor a la indolencia es universal, o casi.

Samuel T. Coleridge

Mi querido viejo: conversaba hace unos días con un compañero de escuela que se jubiló hace tiempo y me dijo entre otras cosas que algo de lo que más aprecia en que puede pasar minutos y horas “sin hacer nada”.

Y yo le di la razón, es cierto que uno de los privilegios de muchos de nosotros en estos años es el poder hacer a un lado el reloj, el abandonar las preocupaciones por el llegar a tiempo, por ser, sí, puntuales y cumplidores, ya sin tener esa ansiedad que en otras épocas tuvimos siendo esclavos del reloj desde que sonaba a las 5 de la mañana hasta que nos disponíamos a dormir. Y es que en aquellos años, la distribución de nuestras horas era nuestra, nosotros elegimos cuánto tiempo tardamos en bañarnos (¿te acuerdas cuando teníamos que hacerlo en tres minutos?), en arreglarnos, (¿alguna vez te viste anudando la corbata mientras bajabas las escaleras?), en comer, en dormir, y en hacer todo lo que hemos programado para el día.

Ese tiempo ya pasó y nos causa gran bienestar y paz, querido viejo, no lo podemos negar; ser viejos nos permite dejar el reloj y sus tiranías en el ropero y dedicarnos a nuestro proyecto de vida al ritmo que creamos conveniente.

Eso es lo que Samuel Taylor Coleridge llamó “el amor a la indolencia”  (hermosa palabra, significa libertad del dolor, “no me duele nada”), porque ahora estamos libres de preocupaciones y tenemos más tiempo para lo que deseamos hacer y no nos sentimos presionados, lo que disfrutamos es lo que en un poema inolvidable escribió el legendario Renato Leduc, vivimos “la dicha inicua de perder el tiempo”.

Y eso es bueno, es bueno para la salud, es bueno para la mente, porque tienes en tus celulitas grises un inmenso tesoro, tus recuerdos, tus vivencias y, por supuesto tus proyectos a futuro, y esas horas en que “pierdes el tiempo” ganas en sabiduría.

Sin embargo, recuerda lo que dice Sir Walter Scott: “Descansar demasiado es oxidarse” tampoco hay que exagerar, porque entonces sí aparece la pereza y nos oxidamos, literalmente se oxidan las articulaciones, tendones y músculos, se oxidan los pulmones y el corazón, se oxida la mente, y eso no es bueno.

Seguramente tú conoces a parientes y amigos de los dos tipos: aquellos que disfrutan el placer de la pereza, el clásico “no hacer nada”, y quienes sabiamente combinan el descanso, las horas de ocio y las de actividad y ejercicio; si combinamos la dicha de perder el tiempo y el ”amor a la indolencia” y la actividad física e intelectual, nuestras vidas serán más ricas y provechosas, seremos más sabios y prudentes, y le daremos la razón a Renato Leduc.

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