El valor de una caricia

Nosotros los viejos necesitamos del contacto físico y de las caricias tanto como los niños o los jóvenes.

Rafael Álvarez Cordero

Rafael Álvarez Cordero

Viejo, mi querido viejo

No hay nada más hermoso que la caricia del ser amado.

R. Akira

Querido Viejo: nuestra piel es algo maravilloso, envoltura con la que nacimos y con la que vamos a morir, cubierta única que nos aísla y nos protege de todo lo que nos rodea; a través de la piel nosotros nos comunicamos con el mundo, a través de la piel percibimos todo lo que está cerca de nosotros: tocamos la frágil suavidad de un pétalo de rosa, la cálida blandura de un pan recién horneado, la textura de un libro y, por supuesto, la piel de la persona amada al tocar.

Los bebés son táctiles por naturaleza, necesitan el contacto físico, y si están tan sólo a unos centímetros de su madre se sienten inseguros, hasta que ella voltea, y con un simple toque o una caricia, dejan de llorar y sonríen; los niños crecen y cuando están en un mercado, en un estadio o en una multitud, alargar la mano y sentir la mano del padre o la madre les recupera la seguridad y la alegría.

El tacto y las caricias son la esencia de la vida de los jóvenes enamorados; cuando surge el primer amor, ese sentimiento indescriptible que nos hace sentir mariposas en el estómago y nos convierte en locos obsesivos, ese amor se nutre del contacto físico, de caricias que hacen que veamos el mundo de forma diferente: luminoso, alegre y feliz.

Seguramente tú, querido viejo, has vivido esos sentimientos y estoy seguro que no olvidas aquellos momentos en que el simple toque de la mano de la persona amada te transformaba en un ser distinto; es muy probable que a partir de entonces haya cambiado tu vida y que esa persona haya sido tu compañera por muchos años.

Y si aún tienes la fortuna de vivir con esa persona amada, me darás la razón cuando te digo que aún hoy, no importando cuántos años han pasado, el tacto y las caricias son tan importantes para tu felicidad y bienestar como lo fueron hace mucho tiempo, como son importantes los abrazos y las caricias de tus hijos y tus nietos.

Nosotros los viejos necesitamos del contacto físico y de las caricias tanto como los niños o los jóvenes, esto lo deben saber quienes viven con nosotros, porque hay el peligro de que vivamos aislados, que no haya contacto físico, ni siquiera un saludo o un abrazo. Además, algunos queridos viejos se retraen y no quieren el contacto de una mano amiga o un saludo con un abrazo, eso no le hace bien a nadie; en cambio, cuando encontramos a un amigo o compañero de la infancia y tomamos sus manos entre las nuestras –como sucedió la semana pasada en el Congreso de Miami–, brota una corriente de simpatía y de bienestar para ambos, y eso es la esencia de la vida; no podemos vivir aislados, la compañía, el tacto y las caricias nos hacen vivir.

Venturosamente, nuestra cultura es táctil, el saludo afectuoso, el “apapacho” y el abrazo son parte de nuestra manera de ser, y lo bueno, querido viejo, es que podemos disfrutarlo aunque nuestra piel ya no sea tersa y rosada como antaño, porque los sentimientos no tienen edad.

*Médico y escritor.

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