Cuando un amigo se va…

Tú y yo sabemos que la vida es así, y que nadie saldrá vivo de este planeta. En esa longevidad está implícito el conocer la muerte de alguien cercano

Rafael Álvarez Cordero

Rafael Álvarez Cordero

Viejo, mi querido viejo

Cuando un amigo se va,

                queda un espacio vacío

                Alberto Cortés

Mi querido viejo: creo que tú, como yo, como muchos queridos viejos, hemos vivido momentos tristes, sorprendidos y abrumados por la noticia de que un buen amigo, un compañero o un pariente querido, ha muerto.

Tú y yo sabemos que la vida es así, y que nadie saldrá vivo de este planeta; a nosotros nos ha tocado la dicha de vivir unos años más, pero en esa longevidad que agradecemos está implícito el conocer la muerte de alguien cercano; recuerdo a mi papá, gran longevo, que me dijo un día cerca de los 95 años: -Todos mis compañeros de la Facultad de Medicina están muertos y muchos de mis alumnos también.

Tenía mucha razón el cantante y compositor Alberto Cortés, recién fallecido, cuando decía que cuando un amigo se va queda un espacio vacío, porque ese amigo sembró en nosotros la semilla de la amistad que floreció en el corazón y eso duele cuando se arranca de un tajo.

“Cuando un amigo se va, galopando su destino, empieza el alma a vibrar, porque se llena de frío”, y ésa es la sensación inevitable, me aplastó el corazón al saber de la partida de un hombre singular, un profesional caballeroso, cirujano pediatra, funcionario probo y, sobre todo, gran amigo: Luis Mario Villafaña Guiza.

Eran los años dorados del IMSS, el subdirector médico me llamó y me encargó una de las delegaciones en las que estaba dividida la ciudad de México, lo que acepté con disciplina, porque eso significaba que mi carrera como cirujano debía equilibrarse con las actividades institucionales de tres hospitales y ocho clínicas.

En esa experiencia institucional tuve la fortuna de contar con colaboradores dignos y activos, todos dedicados a lograr la mejor calidad de atención para los pacientes de esa delegación; pero lo que encontré en los directores de las clínicas y hospitales fue diferente, porque casi todos ellos, tal vez agotados por el trabajo, cumplían escasamente lo que tenían encomendado, y en más de una vez, al llegar a las juntas de trabajo, simplemente señalaban que no se había cumplido el programa por diversas razones.

En ese grupo surgió, como director de una pequeña clínica, el doctor Luis Mario Villafaña, quien, al terminar una de aquellas juntas, se acercó a mí —que estaba muy molesto por lo ocurrido— y conversó conmigo de una manera que no imaginaba.

Surgió así una relación especial, más allá de las labores institucionales, y pude ver cómo, a lo largo de los años, Luis Mario se convirtió en un funcionario ejemplar, al tiempo que su carrera como cirujano pediatra seguía adelante.

Y un día, hace unos años, en el hospital en el que ambos laboramos, lo encontré un poco pálido y me confesó que tenía un problema grave, un cáncer que podía terminar con su vida en cuestión de semanas; pero sé que voy a salir adelante —me dijo con una sonrisa—, ya inicié el tratamiento.

Así pasaron semanas y meses, y Luis Mario venció al cáncer, cuando menos por unos años, y siguió trabajando cotidianamente, hasta que finalmente partió, digno como siempre.

Cuando un amigo se va, como Luis Mario Villafaña, queda un espacio vacío, que me lleva, hoy más que nunca, a amar más a la vida.

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