Sheinbaum ante el vacío global

Gustavo Rivera

Gustavo Rivera

Cinco Elementos

La final del Mundial en el MetLife dejó, sin proponérselo, una lección de poder. En el palco de autoridades estaban Donald Trump, abucheado al salir a entregar el trofeo; Mark Carney, casi una nota al pie, y Claudia Sheinbaum, que entregó el Balón de Oro a Rodri con la soltura de quien no necesita demostrar nada. Trump entregó la copa junto a Gianni Infantino y repartió las primeras medallas; Carney colgó el Guante de Oro a Unai Simón. Cada quien tuvo su función; no cada quien proyectó la misma autoridad. Junto al rey Felipe VI, ella parecía, paradójicamente, la verdadera estadista de la ceremonia.

Conviene distinguir poder de protagonismo. Trump buscó relevancia con tal ansiedad que por momentos se veía fuera de lugar, y el estadio lo abucheó. Sheinbaum dijo poco y ocupó más. Es la diferencia entre autoridad y ruido: lo que Joseph Nye llamó “poder blando”, la capacidad de atraer en lugar de imponer. En una escena diseñada para el espectáculo, la sobriedad se leyó como estatura.

No fue un hecho aislado. En sus contadas salidas al extranjero —el G20 en Brasil, la gira científica a Barcelona—, la Presidenta científica, con doctorado y pasado en el panel climático de la ONU, suele destacar por un registro lúcido y sin estridencia. En un teatro de líderes que gritan, la mesura se confunde con gravedad, y llama la atención.

Y aquí está el escenario mayor. Vivimos lo que Gramsci llamó un interregno: el viejo orden que no acaba de morir y el nuevo que no acaba de nacer; en ese claroscuro asoman los monstruos. Los iconos del momento son de derecha, incluso de extrema derecha: Trump, Milei, Meloni, Bukele, los ultranacionalistas europeos, un hemisferio con gobiernos conservadores en ascenso. Historiadores del presente como Enzo Traverso, con su idea de “posfascismo”, o Federico Finchelstein, que rastrea la genealogía del populismo autoritario, describen un mundo donde la derecha fija los términos y el campo progresista se quedó sin rostro; politólogos como Levitsky y Ziblatt advierten lo rápido que mueren las democracias cuando nadie disputa ese relato. Lula ronda los 80. La izquierda global no tiene referente.

Ese vacío es una forma de poder que espera ocupante. Y Sheinbaum tiene la materia prima: una aprobación cercana a 70%, el gobierno de una de las mayores economías de América Latina, credibilidad científica y un estilo que viaja bien. En un mundo hambriento de una figura progresista seria, una Presidenta lúcida de la izquierda mexicana se vuelve, casi de manera automática, un referente. Hay algo más: en un planeta atravesado por la crisis climática, una jefa de Estado que integró el panel de la ONU encarna una causa que casi nadie más puede personificar con esa autoridad técnica. La final sólo hizo visible lo latente: mientras a Trump lo abucheaban, a ella la aplaudían.

Pero una oportunidad no es un destino, y una foto no es una doctrina. El liderazgo global se construye; no se hereda del contraste con un rival abucheado. Exige una visión de política exterior, una presencia sostenida —que choca con su instinto de gobernar puertas adentro: casi no sale de México— y un cálculo delicado, porque asumirse “líder de la izquierda mundial” podría entregarle a Donald Trump el villano que su épica necesita, justo cuando México requiere margen. La oportunidad y el riesgo son la misma puerta. Ser referente global cuesta capital político en casa, y México no la eligió para salvar a la izquierda del mundo, sino para gobernar. Conciliar ambas cosas es el verdadero examen.

Aun así, las ventanas de la historia no esperan. El mundo no le pide a México otro hombre fuerte que grite; echa de menos una voz progresista, seria y creíble, y pocos hoy tienen el perfil para encarnarla. Sheinbaum puede quedarse como la excelente administradora doméstica que ya es, o decidir que ese vacío tiene una dirección. En la final del Mundial, sin decir gran cosa, mostró que conoce el camino. La pregunta es si quiere recorrerlo.