La educación es el arma más poderosa que puedes usar para cambiar el mundo.
Nelson Mandela
Todos los padres del mundo, todos los gobiernos del mundo, reconocen la importancia de la infancia y por eso buscan la mejor educación para sus hijos y sus ciudadanos; cuando en 2018 el señor Presidente publicó sus 100 promesas aseguró que se mantendrían las estancias infantiles, se regularían los Cendis, se protegerían las Escuelas de Tiempo Completo, se protegerían a los estudiantes de primaria y secundaria, se protegería el patrimonio cultural, se promovería la investigación científica y tecnológica, y muchas promesas más.
Han pasado las dos terceras partes del sexenio, y todos sabemos —incluso él—, que esas promesas y todas las demás han sido fallidas; de poco sirven la propaganda y las afirmaciones de que se han cumplido. La realidad está aquí, el fracaso está aquí, y las consecuencias de eso las vivimos ya y las viviremos por mucho tiempo, porque el daño que se ha hecho es inmenso.
Y no es preciso insistir en las consecuencias de una política de protección a los delincuentes o el empeño en destruir un sistema de salud, que hoy está más deshecho que nunca, o de la cerrazón frente al cambio climático, con una CFE y un Pemex en bancarrota, con una política monetaria fallida y una política internacional equívoca.
Lo que hoy quiero señalar es algo de la mayor gravedad, y es que, debido a la publicación de los nuevos libros de texto y a su inminente utilización entre nuestros niños, el futuro educativo del país está en riesgo, por eso alzo la voz junto con millones de padres de familia: ¡Con nuestros niños no!; no es posible que se cancele la educación, que se eliminen las matemáticas, que se obligue a los niños a utilizar textos mal escritos, con faltas de ortografía, errores en infografía, y con conceptos que pretenden indoctrinar a los niños de acuerdo con la visión miope y retrógrada de la llamada 4T.
Todos los gobiernos utilizan los libros para promover o promocionar su visión de país, pero lo que ocurre surge de la mente de un individuo, Marx Arriaga que, junto con su asesor venezolano Sady Arturo Loaiza, —quien ha elaborado textos de la “visión de izquierda” de Chávez, Maduro, Diaz-Canel— han convertido los textos de primaria en infumables mamotretos; con errores de impresión, gramaticales (sí puedes decir hicistes, cambiastes) relatos en donde Francisco Gabilondo Soler aparece como racista porque habla de la negrita Cucurumbé que se quería blanquear; estupideces como preguntar: ¿si divides cuatro mangos entre dos mangos, cuántos son?, o disparates cartográficos con la Tierra cercana a Saturno o mapas de México con errores en los estados. Por eso, sólo por eso, debemos afirmar: ¡Con nuestros niños no!
Pero lo más lamentable es el pensamiento que está en el cerebro (¿?) de Marx Arriaga y que parece ser el leitmotiv de todo lo que hecho: “Leer por goce, acto de consumo capitalista”, que lo coloca como estúpido, ignorante y tonto.
Si abriera por un momento el libro de Irene Vallejo, El Infinito en un junco sabría que todos los saberes del mundo surgieron y surgen de la escritura y la lectura, que todos los conocimientos están en los millones de bibliotecas del planeta, que leer es la base de todo lo que somos. Y copio algo de lo que Irene escribió en su reciente libro Manifiesto por la lectura: “Leer nos enseña a hablar, nos educa en el arte del diálogo, “los libros hacen los labios”, decía Quintiliano hace 20 siglos”… “Lectura, escritura y habla van unidas… los niños que leen más hablan y escriben mejor; nuestro fracaso escolar es básicamente fracaso lingüístico”.
Somos quienes somos por la educación, nuestros padres y maestros nos inculcaron no sólo conocimientos, sino también principios y valores; no podemos aceptar que este empeño educativo se trunque y la siguiente generación sea analfabeta.
Por el futuro de la niñez mexicana, gritaremos y exigiremos una y otra vez: “¡Con nuestros niños no!”.
