¡Paren el mundo que me quiero bajar!

Los días que hemos vivido en este inolvidable septiembre son excepcionales

Rafael Álvarez Cordero

Rafael Álvarez Cordero

Viejo, mi querido viejo

El miedo no anda en burro. Anónimo

Mi querido viejo: estarás de acuerdo conmigo en que los días que hemos vivido en este inolvidable septiembre son excepcionales, que hemos tenido experiencias únicas y que el país está y estará marcado por estos temblores.

Todos los mexicanos somos importantes, la pérdida de una vida es irreparable, pero si estás leyendo lo que escribo, y yo estoy aquí escribiendo para ti, nos damos cuenta de la importancia de que estamos vivos.

Sí, vivitos y coleando, pero lo ocurrido nos afecta profundamente y te quiero contar dos experiencias: fui a visitar al papá de un amigo, que ya tiene casi 90 años, y vive en la casa de sus hijos con buenas comodidades, buena atención, comida sabrosa, ambiente cálido y hogareño, y tuve también la ocasión de visitar a una querida vieja a la que operé hace muchos años, se quedó sola y ahora vive en un asilo discreto y limpio por el norte de la ciudad; ahí tiene cobijo, una comida discreta, buenos compañeros y compañeras que comparten en armonía las lentas horas del asilo.

¿Y qué fue lo que vi?, que tanto en la casa de mi amigo como en el asilo todos, pero en especial los viejos, están conmovidos por lo que ocurrió y tienen los mismos síntomas: inquietud, ansiedad, insomnio o gran flojera, pesadillas, ganas de llorar sin saber exactamente por qué, falta de apetito, miedo a otro temblor, miedo a la muerte. (“¡Paren el mundo, que me quiero bajar!”).

Y eso, mi querido viejo, seguramente lo has sentido tú también, porque nadie es inmune a la presencia de un cataclismo como los que hemos sufrido, primero el 7 de septiembre, y luego el del día 19, ¡dos horas después del simulacro conmemorativo!

Afortunadamente, querido viejo, sabemos bien qué es eso, no es una enfermedad, no nos vamos a morir por eso, se llama síndrome postraumático (síntomas después de un trauma físico y/o sicológico) y si hacemos lo que debemos hacer, poco a poco nos iremos sintiendo bien y recuperaremos la calma de la mente y del cuerpo.

Nos sentimos indefensos, nos sentimos atemorizados, nos sentimos “extraños”, y la realidad es que todos podemos hacer algo para superar ese síndrome que ha sido ampliamente estudiado en todo el mundo.

Lo primero que tenemos que hacer es “conectarnos” con la familia y los amigos, hablar, platicar, gritar, llorar juntos y, sobre todo, abrazarnos; el abrazo es la mejor medicina para aliviar las penas, porque al abrazarnos nuestros corazones unen sus latidos y esa armonía reconforta.

Es importante evitar las preguntas que no tienen respuesta: ¿por qué ocurrió el sismo?, ¿por qué fulanito murió?, ¿por qué no llegaron los rescatistas?, etc. etc., esas preguntas son inútiles, solamente aumentan la tristeza y la melancolía.

Pero es importante “hacer cosas”, es decir, reanudar las actividades que antes teníamos, querido viejo: caminar, llevar al perro, ir al mercado, leer, cantar, cocinar, todo lo que ayude a sentirnos “como antes”, y poco a poco disminuirá la ansiedad y la depresión.

Pero lo más importante, querido viejo, y eso te lo digo personalmente de viejo a viejo: tenemos que responder a la más importante pregunta después de haber sobrevivido a los sismos: ¿estamos vivos?, si estamos vivos es por alguna razón; no preguntaremos por qué estamos vivos, sino para qué estamos vivos, ¿qué vamos a hacer en estos días, meses o años que tenemos por delante?; si nos respondemos esta pregunta encontraremos la razón de vivir y volveremos a vivir tranquilos.

Te invito, querido viejo, a que superes estos momentos y vivas plenamente cada día.

Temas: