El futbol, ayer y hoy
Los recuerdos que tengo me hacen dar gracias por haber vivido aquel juego inolvidable.

Rafael Álvarez Cordero
Viejo, mi querido viejo
“A todos los que quieren y todos los que aman el futbol”.
Ángel Fernández
Mi querido viejo: tal vez recuerdes que hace unos meses tuve de buenas a primeras una sensación de que era verdaderamente viejo cuando un jovencito se levantó de su asiento en el autobús y me pidió que lo ocupara; ya estoy viejo, pensé, y con una sonrisa acepté la invitación.
Algo semejante me ha ocurrido ahora en que, aprovechando que los encuentros de futbol se transmiten aquí en París a las nueve de la noche, he podido ver las transmisiones de diversos encuentros de la Copa de Europa, Euro 2016, con partidos entre Francia y Rumania, Inglaterra y Rusia, Alemania y Ucrania, Portugal e Islandia, España y República Checa, y otros más.
He visto con admiración los estadios en los que se juega, modernísimas construcciones en París, Burdeos, Toulouse, Lille; he visto el despliegue de la técnica televisiva actual, gracias a la cual no sólo hay repetición de las jugadas importantes, sino acercamientos que permiten ver hasta los sentimientos de los jugadores y de los espectadores.
He admirado los uniformes, los banderines, las animadoras, la música y toda la parafernalia del futbol actual, he visto a los jugadores, con pinta de actores de televisión, cabellos cuidadosamente arreglados, joyita en la oreja, entrar al campo de juego esbozando una sonrisa complaciente al público que los aclama.
Hasta ahí, querido viejo, todo va bien; me doy cuenta de que los avances en la mercadotecnia del futbol hacen que los jugadores se conviertan en estrellas, anuncien automóviles o relojes, etc., no hay nada malo en ello, pero cuando comienza el partido, querido viejo, cuando comienza “el juego del hombre”, como decía Ángel Fernández, me sentí viejo, muy viejo.
Porque lo que vi una y otra vez en todos los juegos fue un teatro difícil de reconocer: los jugadores son como muñequitos de celuloide que al primer contacto con el contrario se tiran al piso como fulminados por un rayo, hacen gestos de dolor intenso como si fueran a morir, reclaman la asistencia de los médicos y a los diez segundos se levantan como si nada y siguen jugando; además, con una falta de respeto a la autoridad del árbitro, reclaman cada jugada y hacen aspavientos como si se fuera a acabar el mundo. ¿Juegan bien?, algunos sí lo hacen, pero muchos otros no, porque para ganar tiempo, juegan cascarita entre sí, para desesperación de quienes sí amamos al futbol.
Y por eso me sentí viejo, querido amigo, porque yo recuerdo a los Once Hermanos del Necaxa, a los Prietitos del Atlante, a las Chivas del Guadalajara, los Panzas verdes del León y tantos más, cuando los jugadores daban todo en el campo, no eran artistas de la pantomima, no lloraban ni reclamaban, simplemente jugaban y ya.
Y me sentí viejo al recordar a don Fernando Marcos, a Agustín González, Escopeta; a Óscar El Rápido Esquivel; a Antonio Andere y, por supuesto, a Ángel Fernández, todos los que narraban un “juego del hombre” que era muy diferente a lo que ahora se llama futbol.
¿Me estoy haciendo viejo?, ¡claro que sí!, no lo lamento. El futbol de ahora es diferente y no diré si es mejor o peor; cierto, los jugadores son mejores atletas, su condición física es mejor que la de aquellos futbolistas casi amateurs del siglo pasado, pero los recuerdos que tengo de las hazañas de Horacio Casarín, Martín Vantolrá, Rafael Meza, Mateo Nicolau, Ángel Segura, Angelillo, y el Dumbo López, endulzados a través de los años, me hacen dar gracias por haber vivido aquel futbol, inolvidable, hoy desaparecido.