La quema de libros se ha llevado a cabo en varios momentos de la historia. Uno muy conocido ocurrió bajo el régimen nazi, cuando se intentó alejar a las personas del acceso a información que las apartara de su causa. Se vetó cualquier texto del que se infirieran aspectos positivos sobre los judíos, o en el que los británicos y estadunidenses se percibieran como seres cercanos. Bajo esa lógica, obras brillantes de Einstein, Keller, Wells o Hemingway, por ejemplo, fueron prohibidas.
Esta práctica destructiva no fue exclusiva del régimen nazi. En la China de Mao Zedong, los guardias rojos quemaron numerosos escritos que, a sus ojos, ocultaban viejas costumbres, cultura o tradiciones, imponiendo a cambio, y de manera restrictiva, sus propios textos. Asimismo, la Biblioteca de Alejandría sufrió distintos incendios que fueron eliminando un valioso acervo cultural griego, egipcio y medioriental. Históricamente, estos movimientos incendiarios han buscado erradicar costumbres, formas de pensar, memorias e identidades, intentando implantar, de forma simultánea, nuevos modos de pensamiento.
En la actualidad ya no se observan quemas de libros al estilo tradicional, en parte porque la literatura contemporánea se distribuye principalmente en soportes digitales. Sin embargo, existen otros mecanismos que restringen el acceso a las ideas. Las redes sociales, por ejemplo, frecuentemente respaldadas por bots, dinamitan ciertos planteamientos para hacer prevalecer determinadas posturas ideológicas. De un modo más sutil —con una analogía más cercana al agua que al fuego—, los medios digitales han inundado las mentes y el pensamiento de tantas personas que, en el proceso, se han alejado de la lectura.
Es sabido que hoy en día los niveles de lectura han disminuido, al menos en lo que respecta a libros completos. Diversos autores afirman, a su vez, que el cociente intelectual de las generaciones jóvenes es menor en relación con las anteriores, un fenómeno derivado, en parte, de la pérdida del hábito de la lectura reposada.
Lo que comienza como un cerco a la difusión de ideas puede culminar en tragedias mucho más devastadoras para el ser humano. En el siglo XIX, el poeta alemán Heinrich Heine afirmó que “donde se queman libros, se terminan quemando personas”. Sus palabras resultaron proféticas ante los horrores que décadas después se vivirían en los campos de concentración. De manera análoga, quienes hoy destruyen formas de pensar terminan también destruyendo a los individuos. Si nuestras mentes no se nutren de buenos contenidos, imágenes, proyectos, aspiraciones y esperanzas, nuestra propia humanidad se consume.
Por ello, la nutrición intelectual es un factor estratégico en la actualidad y, desgraciadamente, no siempre está considerada con rigor en los sistemas educativos. Si nuestra dieta se basa prioritariamente en “calorías digitales”, correremos el riesgo de desdibujar nuestra identidad, descuidar nuestra cultura, enterrar las costumbres y sepultar el espíritu. Como consecuencia, la comprensión de nuestra propia condición humana se reduce de forma automática, aumentando la facilidad con la que destruimos al prójimo y/o a nosotros mismos.
Si bien es cierto que en el mundo contemporáneo no presenciamos hogueras donde se arroje la literatura al fuego, lo estamos haciendo de maneras distintas. Una sociedad que corre el riesgo de polarizarse, ideologizarse o deshumanizarse tiene a su alcance una receta tan económica como sencilla para sobrevivir: garantizar una buena cantidad y calidad de lectura de libros completos, un espacio indispensable para que la mente vuelva a ser capaz de seguir argumentos complejos, reposar ideas, pensar con sentido crítico y entender al ser humano.
