La amalgama del engaño

Para nadie pasa inadvertido que la mentira es uno de los mejores recursos con los que suelen contar quienes consideran la administración pública y la vida política de nuestro país como un acceso garantizado al poder y a una bizarra idea de la riqueza. No importa tanto el nivel o el área de influencia del cargo, al parecer pocas y pocos dejarían pasar la oportunidad de que crezca su jardín de floreciente papel moneda, al costo que sea: por lo general es resultado de una estructura sostenida por la corrupción y la impunidad, por las alianzas que han normalizado la ilegalidad o prácticas que parecerían inconcebibles –bueno, basta con saber un poquito acerca del “charrismo” sindical que, ni quién lo dudaría, es una de las primeras cartas cuando se trata de pensar en contubernios electoreros–.

O tal vez sería cuestión de realizar pequeñas preguntas acerca de la manera en la que se asignan los contratos para la realización de trabajos que se determinan en los diferentes niveles de gobierno –y vaya que el acceso a la transparencia que se había ganado y consolidado en otros años hoy se ha borrado con la tranquilidad de quien se quita una piedra del zapato– y que, como deporte de la llamada “transformación” se suelen reservar durante años bajo las justificaciones más inverosímiles. Y, sin embargo, en el discurso parece que todo eso no existe, que la maquinaria de la legalidad, afinada por los aceites de una pretendida superioridad moral que, por lo general –según muy diversos ejemplos que pueden hallarse a lo largo de la historia– suele afincarse en interpretaciones de la realidad que se maquillan y desarrollan según sea lo más conveniente para mantener el poder, para justificar cada movimiento de los gobiernos en turno. Claro, la amalgama de dicha retórica suele ser la mentira, un engaño que se difunde como si se tratara de una incuestionable verdad por el simple hecho de ser pronunciada por el aparato propagandístico en boga.

La mentira y el cinismo suele ser una combinación muy perniciosa que suele esconderse bajo el manto de quien exime el pasado de sus correligionarios, de quien usa el poder para crear un espejismo que se debe considerar como un absoluto inmaculado en el que la realidad pasa a segundo término. Y no se trata sólo de hablar acerca de la manipulación de las estadísticas: esto se plantea cuando inclusive la muerte ya ni siquiera es una moneda de cambio en la condescendencia del discurso oficial de muchos gobiernos en el mundo, sin dejar del lado el que mantiene las riendas discursivas de nuestro país. En este sentido, cabe preguntarse si aún es tiempo de recordar a quienes, ya en otras épocas, señalaron ese vínculo tan nocivo para una sociedad como la que se establece desde el poder con la mentira convertida en aquello que articula a todo un sistema de comunicación que se multiplica con la fuerza de quien sostiene el poder mediático.

Quizá sea importante recordar las palabras de Joseph Roth al referirse a las políticas del Tercer Reich y que sufrió de manera directa como escritor, en su artículo El Tercer Reich. La filial del infierno en la tierra, publicado el 6 de julio de 1934 (texto incluido en un extraordinario volumen publicado por la editorial Acantilado), en el que plantea: “(...) Pues se sabe que la misión de la prensa alemana consiste no tanto en publicar hechos, sino en ocultarlos; no sólo en difundir mentiras, sino también en sugerirlas; no sólo en confundir al mundo –el resto de este mundo raquítico que aún posee una opinión pública–, sino también en obligarle a aceptar las noticias falsas con una ingenuidad desconcertante. Nunca hasta ahora, desde que se derrama sangre en este planeta, ha habido un asesino que se haya lavado las manos ensangrentadas con tanta tinta de imprenta. Nunca hasta ahora, desde que en este mundo se miente, ha tenido un mentiroso tantos y tan potentes altavoces a su servicio. Nunca hasta ahora, desde que se cometen traiciones en este mundo, un traidor fue traicionado por otro aún mayor, nunca se vio semejante concurso de traidores. Pero tampoco jamás esa parte del mundo que hasta ahora nunca se había hundido en la noche de la dictadura, quedó cegada hasta tal punto por el rojizo infernal de la mentira, aturdida hasta tal punto por el estrépito de la mentira, ni tan sorda como ahora. Porque desde hace siglos se ha acostumbrado uno a que la mentira se cuele de puntillas, sin hacer ruido…”.

Que cada lectora o lector tome las palabras de Roth y configure sus propias conclusiones. Lo que no puede obviarse es que, en esa ecuación, y tratándose específicamente de nuestro país, le falta la variable del crimen organizado. Sí, un factor que se encuentra en la amalgama de la corrupción y la mentira, esos lastres de los cuales no puede deshacerse fácilmente la cortesilla política que ha gobernado nuestro país durante las últimas décadas.