En defensa del lenguaje
Para las enfermeras de México, el elemento más valioso del sistema de salud.

Rafael Álvarez Cordero
Viejo, mi querido viejo
“Todos y todas, estudiantes y estudiantas, sean bienvenidos y bienvenidas”, dice un locutor sonriente haciendo añicos la gramática; el comunicador es víctima de una de las múltiples modas copiadas del extranjero, en las que las palabras pierden su sentido, el lenguaje se distorsiona y todo debido a lo que se ha llamado “políticamente correcto”.
Detrás de esto está no sólo la ignorancia de las leyes gramaticales, sino también el miedo a la fuerza de las palabras, que son el tesoro más grande que puede tener una cultura, en este caso nuestra cultura; y a esto se une el miedo irracional a la “discriminación” que puede suponer usar tal o cual palabra.
¿Es malo, ofensivo o inconveniente decirle viejo a quien tiene muchos años?, ¿o decir ciego a quien no ve?, ¿manco al que le falta un brazo?; nuestro lenguaje, por demás completo, tiene una palabra para cada cosa y ninguna palabra puede ser ofensiva o mala, sino la forma como se emplea, ya que alguien puede decir a una amiga “hola, querida” y la sola entonación de su voz puede ser agresiva o discriminatoria.
Pero aquí estamos, copiando a los yanquis, temiendo ofender con la palabra, o lo que es peor, con temor a discriminar con el lenguaje; por eso allá no se llama a un individuo de raza negra negro, sino afroamericano (¿y el que nació en África, ¿será “afroafricano”?); la estupidez en el uso del lenguaje hace que no se hable de “muertos” en las batallas, sino de “bajas” en la lucha, que no se llame “lisiados” a los heridos en combate, sino “recuperados”, que no haya “viejos”, sino “individuos de la tercera edad”, que no haya “locos” sino “perturbados mentales”.
Y el problema ha llegado a la Conapred, y ahora debemos mencionar sin equívoco a individuos de ambos sexos, porque si no el discurso es discriminatorio, y vemos, desde el Presidente para abajo que al hablar se dirige a “todos y todas”, porque seguramente nunca tuvo lecciones de gramática e ignora que el principio activo del verbo ser es “ente”: por eso se dice intendente y no intendenta, dirigente y no dirigenta, independiente y no independienta, residente y no residenta, paciente y no pacienta.
¿Es ignorancia o simple copia?, ¿es un intento de la defensa de género?, ¿se ofende o discrimina a las mujeres cuando alguien da la bienvenida a “todos” los asistentes de un evento?, ¡pamplinas!, la discriminación está en otro lado y no en las palabras. ¿O se discrimina y se feminiza al dentista por no llamarlo dentisto?, ¿y al poeta por no llamarlo poeto?, ¿debemos respetar el género —en este caso el masculino— y hablar entonces del pediatro, el turisto, el taxisto, el artisto, el telefonisto, el oculisto, etcétera?
La estupidez llega ahora a los nombres de las ciudades o pueblos; aquí en Excélsior se informó que en Quebec no se usará más la palabra “negro” en once lugares (Río Negro, Lago Ti-Negro, etc.). Vamos a pensar qué ocurrirá si la Conapred señala que los nombres de algunas ciudades mexicanas son ofensivos o denigrantes, y así se tendrá que cambiar los nombres de cientos de lugares y transformar la geografía mexicana en aras de lo “políticamente correcto”.
Así, imagine, estimado lector, cómo se podrán llamar ahora lugares como Agua Hedionda, Mata Gorda, Las Bacinicas, La Puerqueriza, Barranca Pobre, La Zorra, Cerrito de Puercos, Rancho La Garrapata, La Hediondilla, La Sanguinaria, La Miseria y cientos de lugares más.
El lenguaje tiene siglos de formarse y transformarse, nuestro lenguaje en particular es rico y abundante en expresiones y cada palabra tiene su significado correcto y su valor histórico; encontrar segundas intenciones en las palabras o discriminación porque no se menciona expresamente el género femenino es simple y sencilla tontería.
Creo que la Conapred y la Secretaría de Educación, en lugar de estar buscando las chichis a las serpientes (¿o se debe decir “glándulas mamarias a los ofidios y las ofidias”? ) deben promover el respeto a los derechos humanos y fomentar la educación adecuada, que incluye la gramática desde la escuela primaria, porque ahora ya no se lee, la tradición de leer historia, la obligación de leer varios libros en el curso escolar y conocer la gramática con todas sus reglas se perdió, y hoy los niños y adolescentes pergeñan medias palabras con signos y abreviaturas en sus teléfonos celulares, destruyendo la herencia centenaria de nuestra riquísima lengua.
“En el principio fue el verbo”, se dice, y es verdad; es indispensable que aprendamos a respetar el lenguaje, a conocer su inmensa riqueza, a disfrutar las infinitas formas de expresión, a deleitarnos con la prosa magnífica de nuestros escritores, la cadencia lírica de nuestros poetas, la fuerza de los ensayos de nuestros maestros y literatos, la elegancia de las narraciones históricas, y que logremos poco a poco eso que se llama cultura, alejada de lo “políticamente correcto”.