“En política, nada ocurre por accidente. Si ocurre, puedes apostar a que fue planeado de esa manera”.
Dicha frase se atribuye al presidente estadunidense Franklin Delano Roosevelt. Y aunque no existe la certeza de que él la haya pronunciado, se ha convertido en una máxima de la política que pocos se atreven a cuestionar.
Ignoro cómo ocurrió que los secretarios Marcelo Ebrard y Omar García Harfuch se encontraran los mismos días en Washington —ciudad donde, por cierto, Roosevelt vivió los últimos doce años de su vida—, pero eso fue lo que pasó esta semana. Puede ser que haya sido casualidad, pero parece otra cosa. Y en política, dice otra máxima, lo que parece, es.
¿A qué fueron? Ebrard, a encabezar la primera reunión bilateral para la revisión del T-MEC. García Harfuch, a reunirse con sus pares de la DEA y el FBI. Ambos informaron de sus respectivas actividades mediante sus cuentas en redes sociales.
Si quienes se hubieran encontrado simultáneamente en la capital de Estados Unidos hubiesen sido los secretarios de Agricultura y Energía, o de Salud y Turismo, no tendría por qué llamar la atención. Pero aquí estamos hablando de dos corcholatas de la sucesión presidencial de 2030. Las únicas dos que hay por el momento, por más que algunos en el bando radical de Morena anden promoviendo que los medios incorporen en la lista a Luisa María Alcalde, lo cual no es sino un chascarrillo.
Ebrard y García Harfuch son los miembros del gabinete que tienen una relación más fluida con funcionarios del gobierno de Donald Trump. Son los más conocidos en Washington y quienes viajan con mayor frecuencia a esa ciudad. Y puede decirse que uno y otro son vistos con buenos ojos por allá. Ambos han fincado su actuación en México en mantener una buena relación con sus contrapartes en EU. Ésa no ha sido una tarea fácil, pues les ha tocado lidiar con situaciones muy espinosas. Ebrard, con las amenazas de Trump de subir los aranceles, cosa que en algunos casos ha sucedido. García Harfuch, con las insinuaciones de Trump de emprender acciones bélicas contra los cárteles en territorio mexicano. Ambos han salido muy bien librados.
Claro, puede ser un fortuito que Ebrard y García Harfuch tuvieran reuniones el mismo día en Washington. De repente, esas cosas pasan. ¿Pero si —como dicen que decía Roosevelt— aquello fue planeado? ¿Quién organizó las agendas para que sucediera justo de esa manera? ¿Alguien que no quiere que parezca que Estados Unidos tiene alguna preferencia? ¿Alguien que no quiere que alguno de los dos tome ventaja en la carrera?
En todo caso, la simultaneidad de las estancias de Ebrard y García Harfuch en la capital del poderoso vecino no pasa de largo para el ojo de un observador de la política medianamente avezado.
BUSCAPIÉS
* Hablando de cosas que pueden o no ser casualidad, la detención en la zona de Polanco del jefe del grupo criminal ecuatoriano Los Lobos —Ángel Esteban Aguilar Morales, alias Lobo Menor— ocurrió casi al mismo tiempo que el diario estadunidense The Wall Street Journal informaba que el Cártel Jalisco Nueva Generación había designado a Juan Carlos Valencia González, hijastro del asesinado Nemesio Oseguera Cervantes, como nuevo líder de la organización. ¿Qué hacía Aguilar Morales en México, justo en ese momento? Quizá huyendo de la persecución en Sudamérica por el asesinato del candidato presidencial ecuatoriano Fernando Villavicencio. O pudiera ser algo más.
* Acabar con los “privilegios” en la política es el propósito explícito del denominado Plan B. ¿Pero qué mayor privilegio puede haber que levantar, para beneficio exclusivo del Ejecutivo, la prohibición constitucional que tienen todos los servidores públicos de intervenir en asuntos para los que la ciudadanía es convocada a las urnas? Poder hablar de la consulta de revocación de mandato todos los días desde la conferencia mañanera —es decir, usando para ello un micrófono que se paga con recursos públicos—, vaya que ése es un verdadero privilegio. Especialmente si quien propone el cambio es quien primero podría beneficiarse de él.
