La noticia se desvaneció de los titulares internacionales con la misma velocidad con la que el humo de los autos incendiados se disipó en el aire.
Tras el estruendoso operativo para capturar a Nemesio Oseguera Cervantes, El Mencho, el saldo de 88 personas fallecidas se presentó ante la opinión pública como una estadística más de la guerra interna, un número que, por su magnitud, debió haber paralizado al país, pero que terminó siendo digerido por la maquinaria de la indiferencia cotidiana.
Luego vino la imagen surrealista: el entierro del capo en un ataúd dorado, una bofetada de opulencia y desafío que selló el fin de una era y, supuestamente, el inicio de un retorno a la normalidad. Sin embargo, surge una duda punzante que no podemos evadir: ¿De verdad se puede decir que las cosas regresaron a la normalidad?
Para responder, primero habría que preguntarse qué cosa es esa “normalidad” a la que tanto aluden los discursos oficiales. Si por ella entendemos el silencio de las armas en las avenidas principales mientras en las periferias el miedo sigue dictando la hora de llegada a casa, entonces estamos viviendo en una simulación de paz.
La “normalidad” mexicana se ha convertido en un concepto elástico, una construcción donde la violencia extrema se acepta como un ruido de fondo necesario para que la economía y la política sigan su curso. Hay que aceptarlo, nuestra normalidad es, en sí misma, una patología. El ataúd dorado no fue sólo el receptáculo de un líder criminal, sino el símbolo de una victoria estética del narco sobre las instituciones: un recordatorio de que, incluso en la caída, el exceso y el poder paralelo tienen la última palabra.
Por ahora, México goza de un respiro mediático involuntario. La atención global está fija en las desgarradoras acciones militares en Oriente Medio, donde el rediseño del orden geopolítico acapara las portadas y los debates en los organismos internacionales. Esa distancia de los reflectores le ha permitido al Estado mexicano administrar su crisis sin la presión de la mirada externa. Pero este anonimato temporal tiene fecha de caducidad. El Mundial de Futbol de 2026 se aproxima como un faro inevitable que pondrá a México nuevamente en el centro del escenario global. La pregunta no es sólo si los aeropuertos y los estadios estarán terminados o si la logística será impecable, sino una mucho más profunda y urgente: ¿Estaremos listos para mostrar lo que realmente somos detrás de la fachada turística?
El futbol tiene la capacidad de actuar como un maquillaje social, pero también como una lupa implacable. Cuando miles de visitantes y periodistas de todo el planeta aterricen en nuestras ciudades, no sólo verán la pasión en las tribunas; verán las cicatrices de una nación que aún intenta procesar operativos con decenas de muertos y la veneración casi religiosa hacia figuras que han desarticulado el tejido social. La realidad que hemos normalizado chocará de frente con los estándares de un mundo que, aunque distraído ahora, no ignorará las contradicciones de un país que celebra una fiesta deportiva mientras entierra sus tragedias en oro.
Prepararse para ese momento no debería limitarse a pintar fachadas o incrementar el despliegue policial en zonas hoteleras. La verdadera preparación radica en cuestionar esa estructura de “normalidad” que nos permite seguir adelante como si nada hubiera pasado. Si la captura de un capo deja tras de sí un cementerio y una cultura de la opulencia criminal intacta, entonces el operativo fue un éxito táctico, pero un fracaso sistémico.
México llegará a la cita mundialista con la oportunidad de redefinirse, pero el riesgo de que la mirada del mundo sólo confirme nuestras fracturas es latente. La realidad no es lo que queda después de la tormenta, sino la forma en que decidimos reconstruir sobre las ruinas. Por ahora, el silencio internacional es una tregua, pero el reloj sigue avanzando, y el espejo del mundo no tardará en devolvernos una imagen que quizás no estemos listos para reconocer.
