Los refugiados y la odisea para cruzar la frontera

KRAKOVETS/KORCZOWA, Ucrania/Polonia. He cruzado muchas fronteras terrestres en mi vida, tanto en tiempos de paz como de conflicto. Pero nunca había experimentado un cruce de frontera como el que hago aquí. Salgo de Leópolis, Ucrania, en un autobús poco después de las ...

KRAKOVETS/KORCZOWA, Ucrania/Polonia.— He cruzado muchas fronteras terrestres en mi vida, tanto en tiempos de paz como de conflicto. Pero nunca había experimentado un cruce de frontera como el que hago aquí. Salgo de Leópolis, Ucrania, en un autobús poco después de las 7 de la mañana. A las 9, tengo a la vista los edificios de la zona limítrofe. Pienso que en un par de horas estaré en el hotel, del lado polaco. Quizá pueda desayunar, porque salí sin siquiera tomarme un café.

Entre la frontera y yo hay miles de personas. Una fila de, calculo, 20 mil refugiados ucranianos que llena dos carriles de la carretera y serpentea entre tiendas de campaña de organizaciones asistencialistas hasta llegar a la zona de migración. La temperatura es de cero grados, pero con el factor viento el ambiente es congelante. El frío se mete entre las varias capas de ropa con las que me vestí en previsión de algún contratiempo que me dejara a la intemperie. La multitud que busca salir de Ucrania está compuesta en su mayoría por mujeres y niños. El resto son hombres de más de 60 años de edad, los únicos adultos de ese género que pueden salir en tiempos de guerra.

Le pongo buena cara al mal tiempo. Me recuerdo que coberturas de este tipo requieren de paciencia. Mi situación no es la de un refugiado y la gente que me rodea está, aún, de buen ánimo. Aunque no será el caso 14 horas después.

Trato de absorber cada detalle de quienes viajan por miedo a las bombas. Tomo notas. Intento ponerme en los zapatos de quien trae un niño en brazos o apoya sus pasos con un bastón. La fila avanza dos metros cada 15 o 20 minutos. Voluntarios reparten té y pan con paté. Pienso en lo reconfortante de una bebida caliente, pero no hay un solo baño alrededor y sospecho que es un error abandonar la fila, lo que comprobaré más tarde.

Siento un toque en el hombro, volteo y un hombre mayor me pregunta en ucraniano si le puedo ayudar a mover su pesada maleta porque su esposa se siente mal y debe sostenerla. Le contesto en ruso. Nota mi acento y me pregunta de dónde soy. “Meksicanyets”, le digo. Para mi sorpresa, me habla en español. Nicolái Martinienko es un minero de carbón de la región del Dombás y solía ir los veranos a España para cortar uva.

El tiempo pasa. Los niños se impacientan. Valentina, esposa de Nicolái se pone mal. Conseguimos una silla y pedimos un médico. Un grupo cristiano que ayuda a los refugiados envía una doctora. Se la llevan y le digo a Nicolái que la acompañe, que yo le guardo el lugar. Los del grupo se acercan y me preguntan si podemos rezar. Digo que sí. Agrego que necesitamos toda la ayuda que podamos conseguir. Uno de ellos dice la oración.

Han pasado varias horas y para cuando la pareja quiere unirse a mí en la fila, una mujer grita algo en ucraniano que no entiendo. Se hace de palabras y abofetea a ambos, quedo atónito. Nadie sale en su defensa. Trato de explicar en ruso que les estaba reservando el lugar y siento de inmediato una mirada hostil colectiva. La fila avanza. La mujer de atrás me dice algo, que –de inmediato me cae el veinte– significa “o avanza o se sale de la fila”.  Jalo a Nicolái hacia mí. Valentina encuentra dónde sentarse. Ya regresará por ella cuando todo se calme.

Luego de 12 horas, llegamos a migración. Sigue la fila, ya no a la intemperie. Se ve el letrero de control de pasaportes, pero la ventanilla abre a ratos. El último pasillo del recorrido está atestado. Se abre la ventanilla y me estampan el pasaporte. Nueva fila para entrar en Polonia. Dejo a Nicolái y Valentina en compañía de su hijo, quien ha venido a recogerlos desde Alemania.

En el tiempo que estuve en Ucrania, la cifra de refugiados en Polonia subió hasta el millón. El flujo de personas que huye de los ataques rusos es un fenómeno muy difícil de gestionar. El lunes, el alcalde de Leópolis me dijo que a esa ciudad, de 900 mil habitantes, han llegado 200 mil personas desde el inicio del conflicto. Si funcionan los corredores humanitarios, centenares de miles serán desplazados internos y refugiados en otros países.

Grzegorz, taxista, me recoge en la frontera para llevarme al hotel. Me dice: “Cuando te fuiste a Ucrania, el combustible costaba 6.70 zlotys por litro; ahora cuesta 7.65 (1.68 dólares). Todo por culpa de Rusia”. Las consecuencias de la invasión de hace 13 días apenas se comienzan a sentir.

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