El amor por Excélsior
“Quiero contarte algo, acompáñame a la oficina”, me dijo don Olegario Vázquez Raña. Nos habíamos encontrado en un desayuno en el Colegio Militar. Durante el trayecto al Hospital Angeles del Pedregal, a bordo de su coche, íbamos platicando sobre la ceremonia que ...

Pascal Beltrán del Río
Bitácora del director
“Quiero contarte algo, acompáñame a la oficina”, me dijo don Olegario Vázquez Raña.
Nos habíamos encontrado en un desayuno en el Colegio Militar. Durante el trayecto al Hospital Angeles del Pedregal, a bordo de su coche, íbamos platicando sobre la ceremonia que acabábamos de presenciar.
Gran conocedor de los usos y costumbres castrenses, don Olegario reflexionaba sobre el discurso principal, que había corrido a cargo del comandante de la Primera Región Militar. “No lo pierdas de vista”, me dijo. “Será el próximo secretario de la Defensa Nacional”. Y así fue.
Su oficina, en un piso elevado del complejo hospitalario, tenía una vista magnífica del sur de la ciudad. Ese día, la luz inundaba la habitación y realzaba la importancia del decorado: fotografías y objetos que hablaban de una vida de trabajo y sus encuentros con una variedad de personajes mundiales, muchos de ellos del ámbito olímpico, una de sus grandes pasiones.
Cuando nos sentamos, se puso muy serio, se inclinó para acercarse y me dijo en voz baja: “Prigione quiere romper el silencio con una entrevista en Excélsior. Eso es lo que quería decirte”.
De repente me vino el recuerdo de Girolamo Prigione, el poderoso nuncio apostólico durante el sexenio de Carlos Salinas de Gortari, el primero en ocupar el cargo de representante formal del Estado Vaticano en México después de la reanudación de relaciones diplomáticas. Había dado muy pocas entrevistas y ninguna después de dejar el país.
“Va a hablar de todo, ése es el compromiso, pero sólo que hay una cuestión: no podemos publicarla antes de que él muera”.
La entrevista se hizo días después. Obtenerla fue una de muchas exclusivas que consiguió don Olegario para Excélsior. Siempre me impresionó su habilidad para olfatear la nota.
Un día se lo dije, mientras esperábamos que llegara a comer el rector de la UNAM, en un comedor privado del hotel Camino Real. Se rio de buena gana. “No –me dijo–, yo soy vendedor, no periodista”. Acercó una copa vacía y le dio un suave golpe con la uña, haciéndola sonar. “En esta copa, el agua te va a saber maravillosa”, comentó. Luego me guiñó el ojo y agregó: “Si te descuidas, te la vendo, ¿eh?”.
La razón por la que usted está leyendo estas anécdotas, esta columna y el resto del periódico que tiene en las manos o en la pantalla de su computadora o su dispositivo móvil es el amor que tuvo don Olegario por Excélsior.
Muchos de sus allegados le desaconsejaron adquirir el Periódico de la Vida Nacional. Le dijeron que era un nido de problemas. La empresa, que había sido el diario más importante en español durante varias décadas, estaba en virtual bancarrota. Su circulación era casi nula y tenía enormes deudas. Y más grande que su quiebra financiera, era la quiebra de su prestigio.
No cabe duda: había quienes disfrutaban de ver acabado a Excélsior, y quienes sostenían que, igual que el Titanic, debía mantenerse en el fondo del mar. Viendo todo eso, muchos le recomendaron que, si quería ser dueño de un periódico, era mejor levantarlo de cero. Pero don Olegario no quiso escuchar. Él quería rescatar Excélsior. Pensaba que una institución como ésta, testigo de la historia del país durante casi un siglo, no merecía el estado deplorable en el que se encontraba.
Y con la guía de un equipo encabezado por Olegario Vázquez Aldir y Ernesto Rivera Aguilar, eso fue lo que pasaría a partir de marzo de 2006. No fue fácil, pero Excélsior renació. Un logro que se debe, en primer lugar, al tesón de un hombre que creyó en el cabezal del diario, como creyó siempre en México.
Don Olegario Vázquez Raña se colgó muchas medallas en su vida. Todas ganadas, todas merecidas. Una de ellas es el rescate de Excélsior. Sin él, se habría perdido. Así ha pasado con muchos periódicos de este país, que hicieron época y ahora sólo son un recuerdo.
Por eso, quienes hacemos Excélsior, y atestiguamos el milagro diario que es sacar la edición –como decía Ben Bradlee, el legendario director de The Washington Post–, estamos inmensamente agradecidos con don Olegario.
Él ayer nos dejó, pero aquí se queda Excélsior, igual que tantas instituciones que ayudó a fundar y a engrandecer.
Misión cumplida, querido jefe.