La educación, en el laberinto de la ideología y la improvisación

Pascal Beltrán del Río
Bitácora del director
El sistema educativo mexicano atraviesa por uno de sus episodios más erráticos y reveladores. Lo que comenzó el jueves 7 como un anuncio tajante y definitivo de Mario Delgado, secretario de Educación Pública, para recortar el calendario escolar, se transformó en un catálogo de contradicciones que exhiben la fragilidad institucional del país.
Aquel anuncio, presentado con un tono de irrevocabilidad, ignoró por completo la realidad de millones de familias cuyos planes, logística y tiempos dependen de la certidumbre del ciclo escolar. La respuesta social fue inmediata y demoledora: una crítica unánime ante la falta de consideración por el aprendizaje de los estudiantes y el caos que supone para los padres trabajadores.
La confusión escaló cuando, el viernes 8, la presidenta Claudia Sheinbaum intentó matizar el golpe, calificando el anuncio de Delgado como una simple “propuesta”, a pesar de que el secretario lo había comunicado como un hecho consumado. Durante una gira de fin de semana por Sonora y obligado por la presión social, el funcionario informó sobre una nueva reunión de autoridades educativas para realizar otra “propuesta”.
Su discurso de ayer, ante el Consejo Nacional de Autoridades Educativas (Conaedu), resultó una huida hacia adelante, cargada de retórica ideológica. En lugar de asumir la responsabilidad de la improvisación, Delgado pretendió justificar la medida alegando una unanimidad de estados y Federación, postura que naufraga ante la realidad de un sistema que navega sin brújula pedagógica.
Resulta inaudito que el titular de la SEP afirme, como si fuera una verdad de la naturaleza, que después del 15 de junio no ocurre nada sustancial en las escuelas y que el tiempo se desvirtúa en “descargas administrativas” y “estancias forzadas”. Esta declaración es una confesión de parte: es el reconocimiento explícito de que la SEP no sabe a qué destinar ese tiempo productivo.
En un país que aún no termina de hacer el balance del desastre que significó la pandemia de covid-19 para la educación –con un rezago cognitivo profundo y la deserción de aproximadamente 1.5 millones de niños y jóvenes que desaparecieron de las aulas–, declarar que sobran semanas de clase es un insulto a la inteligencia y un abandono del deber de Estado.
El discurso de Delgado retomó las críticas, ya muy choteadas y gastadas, a la iniciativa privada y al “pasado tecnocrático”. Al atacar a las empresas por carecer de flexibilidad laboral y por supuestamente usar a las escuelas como guarderías para los hijos de los trabajadores, el secretario intentó ocultar un fracaso histórico: los gobiernos de la autodenominada Cuarta Transformación han fallado sistemáticamente en materia educativa, siendo los únicos en un siglo que no han ampliado la oferta educativa del país.
Estos gobiernos se han concentrado en la revisión a modo del pasado y en la polarización de la sociedad, dejando de lado las herramientas cognitivas necesarias para que los alumnos afronten el futuro en un mundo cambiante y competitivo.
Lo que más ha importado en estos años es la ideología y no la enseñanza, como quedó revelado con la reforma de los libros de texto gratuitos, donde la pedagogía fue sustituida por el adoctrinamiento. Mientras el mundo avanza hacia la inteligencia artificial, en México la escuela se desvirtúa bajo el pretexto del clima o del Mundial de Futbol.
Ninguna decisión en los últimos siete años ha sido tan criticada como este intento –finalmente frustrado ayer por la tarde– de cambiar el calendario escolar. Lo fue porque tocaba la fibra más sensible de la nación: el futuro de los hijos. Decir que durante un mes no se hace nada académico en las aulas, significa la renuncia del Estado a su papel como guía del desarrollo intelectual. En el México de 2026, la educación parece ser la última de las prioridades, sacrificada en el altar de la conveniencia coyuntural y el desdén por el rigor institucional.