El despertar que México le debe a su tragedia

Pascal Beltrán del Río

Pascal Beltrán del Río

Bitácora del director

No había tenido la oportunidad de ver el documental en Netflix sobre el desgarrador asesinato de Miguel Ángel Blanco desde que salió hace un par de meses, pero finalmente lo vi hace unos días. La producción reconstruye de manera implacable las 48 horas de angustia que precedieron a la ejecución del joven concejal de Ermua, en Vizcaya, a manos de la banda terrorista ETA en julio de 1997. 

Ese homicidio representó un verdadero punto de quiebre en la historia española reciente. El chantaje directo del grupo armado buscaba doblegar al Estado mediante la exigencia del traslado inmediato de sus presos, pero la respuesta pacífica, masiva e indignada de la sociedad española ante su secuestro y trágico desenlace dio nacimiento al célebre Espíritu de Ermua. Aquella inmensa marea humana marcó el principio del fin de la organización. 

La lección fundamental de ese doloroso episodio es transparente: la sociedad misma no debe quedarse cruzada de brazos cuando enfrenta un peligro de dimensiones existenciales. Jamás resulta suficiente sentarse a esperar a que las autoridades resuelvan solas los grandes problemas colectivos.

México necesita con urgencia una movilización semejante para librarse finalmente de la lacra del crimen organizado y los fenómenos violentos que han asolado a nuestra patria desde hace 30 años. Los mexicanos hemos vivido decenas de episodios cotidianos igual de graves, cruentos o desoladores que el asesinato de Miguel Ángel Blanco y resulta desconcertante constatar que pocas veces el país ha salido de forma masiva a las calles a gritar un ya basta firme y categórico. 

Vale la pena recordar las escasas movilizaciones ciudadanas a favor de la seguridad de nuestra historia reciente. Una de las más significativas fue la Marcha Blanca realizada en junio de 2004, de la cual han transcurrido ya 22 años completos. Aquella histórica manifestación masiva nació del profundo cansancio de la gente frente a una brutal ola de secuestros e inseguridad que ahogaba a la nación entera, sobre todo los deplorables secuestros y posteriores homicidios de jóvenes inocentes que conmocionaron la opinión pública mexicana. Esa gran movilización posicionó a diversas figuras destacadas de la sociedad civil como voceros legítimos del desencanto ciudadano, entre ellos Alejandro Martí, María Elena Morera y Javier Sicilia, quienes transformaron sus terribles pérdidas personales en causas colectivas y exigencias permanentes de justicia.

Lo verdaderamente extraño es que hoy en día los mexicanos seguimos aguantando sumisamente un entorno cotidiano marcado por una incesante violencia criminal, plagado de brutales asesinatos, secuestros, desapariciones forzadas y actos recurrentes de extorsión por parte de las mafias locales. Y peor: la colusión entre los delincuentes y quienes se supone que están para protegernos. 

Desgraciadamente hemos llegado a normalizar situaciones feroces que en cualquier otro país habrían sacado a cientos de miles a las plazas públicas de forma inmediata y habrían tumbado gobiernos. A veces parece que a los mexicanos sólo nos preocupa lo que ocurre dentro de nuestro perímetro inmediato, y mientras no nos suceda nada grave a nosotros o a nuestros seres queridos, seguimos adelante con las rutinas diarias como si la tragedia circundante fuese ruido de fondo.

Por mencionar apenas tres casos dramáticos, las terribles muertes violentas de la maestra jubilada Irma Hernández en Veracruz; de Antonio Sarmiento y dos de sus hijos en Culiacán, y del alcalde Carlos Manzo, de Uruapan, debieron habernos sacado del marasmo, removido la conciencia nacional e impulsado a reaccionar colectivamente en todo el territorio. 

Estos sucesos, por no hablar de otros muchos, retratan la indefensión absoluta en la cual sobrevive el ciudadano común. Si los asesinatos crueles de una educadora jubilada obligada a trabajar como taxista para completar su pensión, o la de tres miembros de una familia, para quitarles el coche, o la de un gobernante electo que estaba dispuesto a recuperar la paz en su municipio no nos conmueven profundamente, queda la amarga inquietud sobre qué más tendría que ocurrir para que despertemos de este letargo.

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