Desideologizar la política exterior

Pascal Beltrán del Río

Pascal Beltrán del Río

Bitácora del director

“Nunca desperdicies una buena crisis” es una máxima atribuida históricamente al exprimer ministro británico Winston Churchill en el marco de las complejas negociaciones diplomáticas para la conformación de la Organización de las Naciones Unidas tras la Segunda Guerra Mundial. 

En la convulsa realidad de la política exterior de México, la marea electoral reciente en América Latina bien podría representar esa coyuntura transformadora. Para el oficialismo mexicano, la modificación del mapa político regional suele percibirse como un severo contratiempo, pues a lo largo de los últimos ocho años la modesta actividad diplomática desplegada desde el Ejecutivo federal se caracterizó por un marcado sesgo militante. Durante ese lapso, los altos mandos gubernamentales optaron por articular vínculos casi exclusivos con sus pares del mismo espectro, relegando al aislamiento la relación con administraciones de alineación opuesta. 

El expresidente Andrés Manuel López Obrador únicamente realizó visitas oficiales a Guatemala, Belice, El Salvador, Honduras, Cuba, Colombia y Chile, países donde gobernaban o gobiernan fuerzas afines a la izquierda, siendo Estados Unidos la única excepción dentro de sus escasos y breves traslados al exterior. La dinámica actual con la presidenta Claudia Sheinbaum refleja un comportamiento idéntico, al concentrar sus desplazamientos en Brasil, Honduras, Guatemala y España, manteniendo únicamente a Estados Unidos y Canadá como salvedades pragmáticas. En conjunto, los dos presidentes han visitado apenas una decena de países, lo que convierte estos ocho años en el periodo de menor actividad internacional por parte de la jefatura del Estado mexicano desde los años 50, cuando viajar al exterior era más complicado. 

Paralelamente a esta insularidad —motivada por la cuestionable premisa de que “la mejor política exterior es la interior”—, estos dos gobiernos han llenado las posiciones diplomáticas pagando favores políticos o con militantes o adherentes de Morena, lo cual ha desprofesionalizado el Servicio Exterior Mexicano. Esta práctica sistemática terminó por relegar la trayectoria de diplomáticos de carrera para premiar lealtades partidistas, mermando gravemente la capacidad técnica de la representación en el extranjero. Sin embargo, lo sucedido electoralmente en los últimos meses en América Latina, especialmente si se confirma la derrota del presidente Lula da Silva en el balotaje de las elecciones brasileñas del próximo 25 de octubre, podría ser una oportunidad para replantear la política exterior de México, regresándola a una categoría de política exterior de Estado. 

Incluso en los tiempos del PRI hegemónico, con todos los cuestionamientos internos que generaba su forma de gobernar, la política exterior producía consenso en lo interno y era respetada fuera. Hoy en día, hay que admitirlo, México juega poco y mal en el escenario internacional. Las cumbres internacionales se han visto privadas de una voz mexicana influyente, mientras que los pronunciamientos oficiales suelen responder a impulsos ideológicos coyunturales antes que a una verdadera visión de largo plazo. 

El repliegue hacia adentro ha dejado campos vacíos en foros globales donde en otra época la voz del país marcaba pautas en materia de asilo, desarme y cooperación internacional. La pérdida de presencia ha generado costos diplomáticos evidentes en negociaciones multilaterales y en la capacidad de influencia en el continente. 

La política diplomática no puede seguir funcionando como una extensión de las disputas partidistas ni como una plataforma de propaganda interna para complacer a las bases electorales. Recuperar el rumbo exige restaurar el mérito en la carrera del servicio diplomático y entender que los intereses soberanos trascienden a las administraciones en turno. 

Ante un panorama continental cambiante que desafía las alianzas cómodas, la diplomacia mexicana se encuentra ante una encrucijada determinante para su futuro inmediato. Seguir por el camino del aislamiento y la ideologización de los vínculos exteriores sólo profundizará la irrelevancia del país en un mundo cada vez más trepidante y competitivo.