Debacle moral en la Cuatroté

Pascal Beltrán del Río

Pascal Beltrán del Río

Bitácora del director

Como los rateros que van gritando por la calle “¡agarren al ladrón!”, el senador morenista Enrique Inzunza Cázarez –uno de los diez políticos sinaloenses acusados por Estados Unidos de tener vínculos con el narcotráfico–, sembraba las nóminas del servicio público de parientes suyos y de los de sus colaboradores, al tiempo que redactaba, promovía y defendía la Reforma Judicial, un cambio constitucional que supuestamente sería un dique contra el nepotismo.  

La hipocresía resulta obvia. En su puntillosa nota publicada ayer en estas páginas, la reportera Leticia Robles de la Rosa mostró hasta dónde ha llegado Inzunza –presidente de la Comisión de Asuntos Legislativos del Senado– en su arte de conseguir chamba a familiares y recomendados, práctica que su partido ha condenado, aunque sólo sea de dientes para afuera. 

No es un descuido, sino una arquitectura de privilegios. Resulta inverosímil que quien dice que va a “limpiar” a los jueces convierta las instituciones en una extensión de su sala. La regeneración nacional se estrella contra apellidos repetidos en las nóminas, donde el parentesco es la única credencial válida frente a un mérito desplazado.

La tribu de Inzunza está por todos lados, en el Poder Judicial sinaloense, que él encabezó, así como en el Senado de la República. Allí aparecen su esposa, su hija, dos hermanas, un hermano, una prima y tres sobrinos, así como la mamá y el hermano de su jefa de asesores. A todos les consiguió empleo con cargo al presupuesto. Y esos son los que se sabe, pues la opacidad suele proteger a estos clanes que se ramifican bajo una supuesta superioridad moral. 

Para ser justo, el senador sinaloense no es distinto de otros morenistas que ven al servicio público como agencia de colocaciones. Se trata de un mal ya muy arraigado en el morenismo. Esta red de favores erosiona la confianza y despoja de oportunidades a profesionales capacitados.

Ésta es una prueba más de que el problema que veían, cuando estaban en la oposición, no eran los privilegios que tenían los políticos de otros partidos, sino que esos privilegios no fueran para ellos. El discurso contra la “mafia del poder” ha mutado en una nueva aristocracia burocrática que reparte el botín público entre sus afectos. La sombra que proyecta Inzunza es particularmente oscura por las graves imputaciones que cruzan la frontera. Ser señalado por el Departamento de Justicia de EU por vínculos con el crimen debería ser motivo de revisión exhaustiva, pero hoy parece apenas una anécdota que se intenta tapar con el ruido de las sesiones legislativas.

El coacusado de Rubén Rocha Moya debería revisar su negativa a pedir licencia, como ya hicieron el gobernador y el alcalde de Culiacán. Inzunza y quienes hasta ahora lo han protegido tendrían que darse cuenta que el hundimiento moral del oficialismo está lejos de tocar fondo, cuando el gobierno federal apenas acaba de rebasar la cuarta parte de su periodo. 

Ayer, los legisladores de Morena huyeron de los reporteros para no opinar sobre su ausencia en la sesión de la Comisión Permanente. Inzunza se limitó a enviar un mensaje en redes para justificar su inasistencia, tras jurar que daría la cara ante las imputaciones estadunidenses. Ver a los adalides de la transparencia huyendo de los micrófonos es la imagen más fiel de su actual derrota ética.

De los pocos que hablaron fue el coordinador senatorial Ignacio Mier, quien justificó que la hija de Inzunza trabaje en la coordinación de asesores de la bancada, alegando que no es nepotismo porque ella, en ese cargo, “no tiene una relación directa” con su padre. Bajo esa lógica retorcida, el tráfico de influencias es invisible si el documento no lleva la firma del pariente, olvidando que en el poder los favores se cobran por debajo de la mesa. La defensa de Mier insulta a una ciudadanía cansada de encubrimientos, evidenciando que el cambio prometido se detiene justo donde empiezan los intereses familiares, y dejando claro que la honestidad era simple propaganda para alcanzar el poder.

Luego critican a los que, según ellos, toman por tonto al pueblo. Porque, le digo la verdad, para eso no hay nadie como ellos.