La política mexicana, siempre tan dada al simbolismo y a los tiempos calculados, nos entregó ayer, 1 de febrero de 2026, una de esas noticias que, aunque previsibles en el fondo, sacuden la estructura del poder por su forma. La renuncia de Adán Augusto López Hernández a la coordinación de la bancada de Morena, justo en el arranque del periodo ordinario de sesiones del Congreso, marca un punto de no retorno.
Si bien la decisión no debe sorprender a nadie, debido a las persistentes y documentadas conexiones de López Hernández con el turbio caso de Hernán Bermúdez Requena, presunto líder de la organización criminal La Barredora, lo que resulta verdaderamente inesperado es el prolongado letargo que antecedió a este desenlace. Ha pasado demasiado tiempo desde que estalló un escándalo que, en cualquier democracia con estándares mínimos de rendición de cuentas, habría provocado una salida fulminante.
De acuerdo con información oficial que ha circulado con cuentagotas, la justicia mexicana ya había girado una orden de aprehensión contra Bermúdez Requena desde febrero de 2025, hace casi un año. El caso, que puso contra las cuerdas la narrativa del Grupo Tabasco en materia de seguridad, se conoció inicialmente a través de una reveladora entrevista que, el 12 de julio de 2025, dio el entonces comandante de la 30 Zona Militar, con sede en Villahermosa, capital del estado que gobernó López Hernández, entre 2019 y 2021, antes de convertirse en secretario de Gobernación del gabinete de su paisano Andrés Manuel López Obrador, quien no dudaba en llamarlo su “hermano”.
Pero más allá de los expedientes judiciales, la renuncia de López Hernández representa, por encima de todo, el acta de defunción del pacto establecido en el restaurante El Mayor. Aquella cena del 5 de junio de 2023, celebrada en una terraza con vista al Templo Mayor, fue el acto fundacional de la sucesión presidencial del año siguiente. Allí, López Obrador congregó a sus corcholatas —el mote que él mismo impuso a los aspirantes a sucederlo— para sellar una tregua que evitara la fractura del movimiento. El acuerdo era simple, pero rígido: una encuesta definiría la candidatura de Morena y quien resultara ganador recibiría el apoyo incondicional de los perdedores, quienes, a cambio, asegurarían posiciones de alto nivel en el siguiente sexenio.
Hoy, ese andamiaje se ha venido abajo. A principios de enero, durante una reunión en Palacio, la presidenta Sheinbaum dijo al senador López Hernández que ya había llegado la hora de dejar la coordinación de los senadores. Aunque en un primer momento no se le ofreció compensación alguna –como aquella embajada que tanto se menciona en los medios–, se convino en que se encargará de coordinar la campaña electoral de 2027 en la cuarta circunscripción (Ciudad de México, Guerrero, Puebla, Hidalgo y Tlaxcala), como senador pero sin mando en esa Cámara.
Por más que desde las filas de Morena se intente suavizar la salida calificándola como una decisión personal para hacer “trabajo territorial”, la realidad es que el compromiso de El Mayor ha caducado.
Está por verse si esta ruptura representa un golpe de mano que se traduzca en una mayor libertad de acción para la presidenta Sheinbaum. No podemos olvidar que la relación entre ella y López Hernández había sido tensa; baste recordar aquel 9 de marzo de 2025, cuando al cumplirse los primeros cien días del gobierno de Sheinbaum, Adán Augusto se contó entre los personajes prominentes que dieron la espalda a la mandataria, prefiriendo sacarse una foto con Andy, el hijo de López Obrador, en un gesto de desafío que buscaba recordarle a la Presidenta a quién le debía, supuestamente, el cargo.
Al final, la historia de las corcholatas resultó ser una metáfora más cruel de lo que sus protagonistas imaginaron. El destino de estos objetos es efímero y utilitario. En la política de hierro, no hay espacio para la lealtad eterna cuando el expediente judicial toca a la puerta. Hoy, el excoordinador se enfrenta a la intemperie política. Porque cuando una corcholata cae al suelo, termina irremediablemente aplastada en el pavimento después de ser pateada por el paso de la realidad.
