Puro rollo
México es un país que huye de los hechos para refugiarse en los brazos de las opiniones. Acá no importa si uno no sabe las cosas, siempre y cuando tenga una larga, labiosa y enredada versión de los acontecimientos que suene creíble. Eso es, por ejemplo, lo que ha ...

Pascal Beltrán del Río
Bitácora del director
México es un país que huye de los hechos para refugiarse en los brazos de las opiniones.
Acá no importa si uno no sabe las cosas, siempre y cuando tenga una larga, labiosa y enredada versión de los acontecimientos que suene creíble.
Eso es, por ejemplo, lo que ha predominado en torno de los hechos de Iguala de septiembre de 2014.
Expertos han ido y venido, pero no estamos más cerca de saber lo que pasó con los 43 estudiantes desaparecidos, de lo que estábamos cuando un laboratorio austriaco determinó que dos fragmentos óseos recuperados por peritos de la PGR en una bolsa de basura en la ribera del río San Juan corresponden a los cuerpos de sendos normalistas de Ayotzinapa.
Todo lo demás es un conjunto de relatos cargado de suposiciones, insidias y verdades a medias.
Como lo que siempre acaba pesando es la opinión, no hemos podido siquiera determinar si llovió o no llovió –y si llovió, cuánto llovió y por cuánto tiempo– la noche del 26 de septiembre y la madrugada del 27 de septiembre de 2014 en el basurero de Cocula, Guerrero.
Fuera del dato duro arrojado por las pruebas de ADN –que también ha sido puesto en entredicho, como si la confabulación llegara hasta los laboratorios de la Universidad de Innsbruck– cada quien tiene su verdad sobre lo sucedido durante esas infaustas horas. Cada quien cree lo que quiere creer.
En Morelos nos enfrentamos a lo mismo. El gobierno estatal afirma que los ayuntamientos de varios municipios han sido infiltrados por el crimen organizado y que las complicidades alcanzaron las oficinas de los propios alcaldes.
Al menos dos presidentes municipales –los de Tlayacapan y Tlaquiltenango– dicen que los habitantes de su demarcación rechazaron la imposición del Mando Único por parte del gobierno estatal porque los agentes asignados se habían dedicado a la extorsión y otros delitos.
El único hecho que debiera importar en Morelos desde el pasado 1 de enero es que una alcaldesa fue asesinada en su propia casa horas después de haber tomado posesión de su cargo.
Pero ese dato duro termina relegado en la feria de acusaciones. Se filtra a los medios el contenido de declaraciones de presuntos criminales y se llega a la conclusión de que la presidenta municipal de Temixco ya estaba trabajando para el cártel Guerreros Unidos, y por eso la mataron los rivales, Los Rojos.
Puede ser, pero aquí, por lo visto, nadie está obligado a demostrar nada.
Lo que dice un muchacho detenido, que declara ante la cámara, mientras está arrodillado y esposado, es asumido como verdad, cuando debiera ser sólo uno de los insumos de la reconstrucción de los hechos. Una reconstrucción, por cierto, realizada con cuidado y humildad.
Lo que afirma el gobierno de Morelos sobre los nexos de los alcaldes con el crimen organizado, también vive sus 15 minutos de fama convertido en “verdad”, hasta que los señalados contraatacan y lo niegan todo, desgarrándose las vestiduras.
Mientras tanto, los hechos, los datos duros brillan por su ausencia. Todos, claro, menos el asesinato de la alcaldesa, que debe ocupar el asiento trasero para que todo mundo especule sobre por qué la mataron y adopte una posición sobre quién tiene la razón, si el alcalde de Cuernavaca o el gobernador.
Caso contrario es lo que sucede en San Bernardino, California, donde las autoridades investigadoras –más de un mes después de la masacre perpetrada por una pareja de yihadistas– siguen jalándose los cabellos porque aún no han podido averiguar dónde estuvieron los dos atacantes durante 18 minutos de aquel 2 de diciembre, entre las 12:59 y las 13:17 horas.
Ya saben qué hicieron durante tres horas y 42 minutos del lapso que transcurrió entre la masacre en el centro comunitario Inland y el momento en que fueron abatidos por la policía, pero falta ese hueco de 18 minutos. Y el FBI ya ha solicitado el apoyo de la población para averiguarlo.
Si nos dedicáramos con la misma pasión a investigar los hechos que a construir versiones, quizá nos acercaríamos a la definición del esquema de seguridad que necesitamos como país.
Y así no tendríamos que pasárnosla opinando que si Mando Único sí o que si Mando Único no.