La tragedia de Christopher
Historias de horror hemos escuchado y leído muchas en estos años violentos que ha vivido el país. No se sienta mal si usted ya no se detiene a enterarse de los detalles de cada una de ellas y si de repente empieza a asumir que son parte de nuestra realidad. A mí ...
Historias de horror hemos escuchado y leído muchas en estos años violentos que ha vivido el país.
No se sienta mal si usted ya no se detiene a enterarse de los detalles de cada una de ellas y si de repente empieza a asumir que son parte de nuestra realidad. A mí también me llega a pasar eso.
Todos hemos perdido la cuenta del número de decapitados. Entonces, cuando nos enteramos que llegaron por tren bolsas con restos humanos, no tardamos en darle el siguiente sorbo al café.
El problema es que las autoridades, que para eso están, hagan lo mismo.
Sin embargo, este fin de semana una de esas historias —que leí en la edición digital de El Diario de Ciudad Juárez— me atrapó y me dejó, primero, impactado; después, triste; luego, enojado, y, finalmente, muy preocupado.
Ocurrió en Chihuahua, probablemente como parte de un juego infantil.
El jueves, las autoridades supieron de la desaparición de un niño de seis años de edad y activaron la Alerta Amber.
El niño, llamado Christopher (sus apellidos están publicados, pero voy a omitirlos), se extravió en Laderas de San Guillermo, una zona marginada, en la periferia oriente de la capital chihuahuense.
De niño, yo pasaba las tardes en la calle. Y jugando nos daba la noche a mis amigos y a mí. Era otro México, en el que uno no tenía que cuidarse todo el tiempo de los delincuentes, ya no digamos que de los muchachos de la colonia.
La tarde del jueves, en la colonia Laderas de San Guillermo, cinco chicos de entre 11 y 15 años de edad, dos mujeres y tres varones, decidieron que iban a jugar al secuestro. Y como necesitaban a alguien que la hiciera de víctima, llamaron con engaños a Christopher, quien estaba afuera de su casa. El niño los conocía y no tuvo reparo en acompañarlos.
Cuando ya se encontraban entre los matorrales, pusieron en marcha el plan.
Amarraron al niño, como se hace con un secuestrado, pues seguramente lo habían visto, en los medios o la vida real.
Después de un rato lo tumbaron al suelo y le pusieron una vara en el cuello, que casi lo asfixia. Luego, le tiraron piedras y, finalmente, le encajaron un cuchillo en la espalda.
Muerto el niño, procedieron a excavar una tumba para ocultarlo, en el cauce de un arroyo. El cuerpo fue cubierto con tierra y maleza, y le colocaron encima un animal muerto para que la descomposición del cadáver no fuera a delatar su ubicación.
La mañana del viernes, elementos de la Fiscalía General de Chihuahua montaron un operativo de búsqueda del menor. Fue por la intervención de la madre de uno de los jóvenes que participó en el asesinato que la policía pudo dar con el cuerpo.
Es desoladora la imagen de la recuperación del cadáver, que publica El Diario junto a la nota. Cuatro policías caminan sobre un trecho de desierto cargando una camilla sobre la que están los restos de Christopher, envueltos en una bolsa negra.
¿Cómo respondemos como sociedad ante un hecho así? ¿Qué revela este asesinato? ¿Qué ven unos muchachos en su entorno, que los hace querer ser secuestradores?
La Fiscalía informó que los cinco jóvenes —¡de entre 11 y 15 años de edad!— son los presuntos responsables de haber torturado y asesinado a Christopher y de haber ocultado su cuerpo.
Contra el varón de 11 años y las dos mujeres, de 13, no se puede proceder legalmente, aunque ya fueron puestos a disposición de la tutela pública. El fiscal de la Zona Centro, Sergio Almaraz Ortiz, dijo que sólo se podrá ejercer la acción penal contra los dos jóvenes de 15.
Como esta historia no tiene el componente político de otras, probablemente pocos se ocupen de ella. Como sus verdugos no fueron autoridades, nadie marchará por Christopher. Aunque fue torturado y asesinado, nadie irá ante instancias internacionales a exigir justicia. Esta historia no cabe en el típico molde del victimismo, que todo lo limita a opresores y oprimidos. Y, sin embargo, las implicaciones de este caso debieran darnos escalofríos a todos.
