Paternalismo a bordo

Ayer tuve una conversación con mujeres que usan el transporte público, y ésta me hizo reflexionar sobre la pertinencia de la segregación por género que se da en ciertos medios, a ciertas horas y en ciertas rutas en la Ciudad de México. La conversación comenzó cuando ...

Ayer tuve una conversación con mujeres que usan el transporte público, y ésta me hizo reflexionar sobre la pertinencia de la segregación por género que se da en ciertos medios, a ciertas horas y en ciertas rutas en la Ciudad de México.

La conversación comenzó cuando una joven se quejó de que le acababan de robar la cartera en la sección para mujeres de la Línea 1 del Metrobús.

Además de enfrentar el fastidio de tener que levantar un acta por el robo, cancelar una tarjeta de débito y renovar algunas identificaciones, la víctima habló de lo absurdo que le parecía la separación de hombres y mujeres en el transporte.

“No tuve otra opción que ir en la sección de mujeres, que iba repleta, porque ni modo que fuera la única mujer en la de hombres”, me dijo.

Otra mujer intervino en la conversación y soltó a bocajarro: “Yo no necesito que ninguna autoridad me proteja por ser mujer. Lo que necesitamos todos son autoridades que apliquen la ley parejo”.

Yo sé que hay muchas mujeres que se sienten seguras viajando rodeadas por otras mujeres. Y eso es porque el acoso en el transporte público de la Ciudad de México es una realidad.

La pregunta que tendríamos que hacernos es si con ese tipo de medidas resolvemos el problema.

Por cuestión de viajes laborales me ha tocado usar el transporte público en muchas grandes ciudades del mundo.

En el Metro de Nueva York y el de París, por poner dos ejemplos, no existe tal segregación. Es más, me atrevo a decir que si a algún político se le ocurriera crear vagones especiales para mujeres, la primeras que se opondrían serían las feministas.

Al preguntarme por qué en esas ciudades y muchas otras no existe la política de segregación en el transporte público que tenemos en la Ciudad de México, nunca se me ocurrió pensar que los hombres mexicanos sean más lascivos que los hombres en otros países.

Al tocar este tema en Twitter ayer a mediodía, alguien me decía que en Francia los hombres son más educados y tienen mayor respeto por las mujeres. Pero recordé que España y Alemania, dos países europeos, tienen tasas alarmantes de agresiones físicas contra las mujeres.

Además, tanto en Nueva York como en París es difícil hacer un perfil del usuario del transporte público. De entrada, porque lo utilizan todos los días personas de varias nacionalidades, muchas de ellas nacidas en países en desarrollo.

Así que si no es la cultura ni el tema educativo, ¿cuál será la razón por la que la Ciudad de México es una excepción en este tipo de políticas?

Yo creo que tiene que ver –como ocurre con buena parte de nuestros males—con la pobre aplicación de la ley que existe en este país.

Al segregar a hombres y mujeres en el transporte público quizá se evitan muchas agresiones sexuales, pero se dejan intocados el machismo y la impunidad que se dejan ver en otros ámbitos de la vida pública y son la raíz del problema.

Pakistán es otro país que segrega a hombres y mujeres en el transporte público, pero eso no ha evitado que esa nación centroasiática viva una verdadera crisis de agresiones sexuales, señalada recientemente a nivel internacional por el caso de una mujer de 20 años de edad que fue violada por varios hombres y colgada de un árbol.

Si bien en México no hemos llegado a esos extremos, las agresiones contra mujeres son una realidad en el transporte público y fuera de él.

La cosa es cómo queremos atacar ese problema. ¿Se resuelve con la segregación en el transporte público, que frecuentemente causa otros problemas entre pasajeros?

Yo creo que no. Se resuelve concientizando sobre el respeto a los demás y fomentando la cultura de la legalidad. Se resuelve aplicando la ley a quienes la violan.

El mensaje que mandan las autoridades con la segregación es que usar el transporte público en el DF —al que le acaban de agregar un millón de usuarios los sábados, por cierto— es tan peligroso que hay que separar a hombres de mujeres. Y que los hombres, en general, son tan desconfiables que cualquiera de ellos es un acosador en potencia.

También, que si una mujer es manoseada en el Metro es porque no hizo caso de abordar el vagón “protegido”.

Además, la medida ni siquiera es constante. Hay líneas del Metrobús donde no existen las secciones para mujeres. No he usado el Metro en sábado desde que entró en vigor el nuevo Hoy No Circula, pero me dicen que pese a que va llenísimo, no hay vagones para mujeres. ¿Entonces?

Se trata, más bien, de políticas de corte populista destinadas a hacer ver a las autoridades como conscientes respecto de las necesidades de uno de los géneros. Para mí, las hace ver como incapaces de resolver un problema de acoso.

Probablemente usted se está preguntando cómo lo solucionamos en el corto plazo.

¿Qué tal si tenemos una policía de civil, como existe en muchos países, para el transporte público? Una policía que pueda detener no sólo a los acosadores sino a los carteristas (por cierto, cuide sus pertenencias cuando viaje en el Metrobús). Y aplicarle la ley, con todo rigor, a quien la viole.

Si el acosador acosa es porque sabe que seguramente se saldrá con la suya, pues difícilmente alguien lo detendrá. Si, en cambio, sabe que corre el riesgo de ser aprehendido y castigado por su conducta, es muy probable que se abstenga.

Busquemos soluciones reales para los problemas, no aspirinas cargadas de paternalismo.

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