Re-conocerse

Las cosas no valen sino lo que se las hace valer. Molière Muchas personas tienen hambre de reconocimiento, y muy pocas razonan la forma de alimentarse con los reconocimientos correctos y verdaderamente ...

Las cosas no valen

                sino lo que se las hace valer.

                Molière

Muchas personas tienen hambre de reconocimiento, y muy pocas razonan la forma de alimentarse con los reconocimientos correctos y verdaderamente necesarios.

Personas hambrientas, que perseveran motivados solamente por ese reconocimiento específico que difícilmente llega y que obligatoriamente termina por inmovilizarlos en su proceso personal. Personas hambrientas que padecen profundamente al no ser reconocidas después de haber puesto todo de sí mismas en lograr cualquier deber, proyecto o propósito. Personas hambrientas que terminan por creer que han dado demasiado, que no correspondía tanto esfuerzo, tanta entrega, personas que se sienten víctimas incluso después de haberse desafiado y vencido a sí mismas…. en esa búsqueda desesperada.

Y el problema como siempre expongo, no está en el otro, en aquel de quien se espera el reconocimiento, sino en uno mismo al no haberse planteado las metas, los objetivos, los retos, los desafíos y los éxitos correctamente. El problema está en pretender alimentarse de reconocimientos ajenos, el problema está en querer que otros reconozcan lo que ellos mismos no son capaces de valorar y reconocerse.

Buscan demasiado el reconocimiento ajeno y poco… muy poco el reconocimiento propio. Es ilógico depender tanto de los demás a nivel tan personal, por eso me resulta increíble que las motivaciones tengan que someterse al arbitrio de un externo… de un ajeno… del otro.

Sostengo una vez más, que nada tiene valor en sí mismo, el valor de cada cosa se lo da uno, uno mismo se educa en la perfección o en el fracaso, en la brillantez o en la medianería, uno mismo se inyecta la pasión y el desafío… o la apatía y el conformismo… uno mismo puede esperar que otros le reconozcan… o aprende a reconocerse a sí mismo, en sus aciertos y en sus errores.

Es de gravedad considerar que el valor personal se tase según otros lo valoren… es de gravedad esperar un reconocimiento ajeno como pauta para empoderarse y seguir adelante con ahínco. Es de gravedad que a los juicios ajenos se les otorgue el poder de sentenciar los propios esfuerzos realizados… es de gravedad pensar, creer y sentir que uno es el resultado de lo que otros ponderen según su personalísima visión y parámetros.

Siempre será preferible valorarse primero a uno mismo y reconocerse como el mejor, el mejor de lo que se pueda y quiera llegar a ser, simplemente, porque sólo uno mismo está al tanto del esfuerzo realizado, las renuncias exigidas, las pasiones implicadas, los miedos superados y también sólo uno mismo es el poseedor de ese éxito, de ese aprendizaje, de esa experiencia y con eso… debería de ser suficiente.

Hay que aprender a alimentarse de los reconocimientos verdaderamente necesarios. Los reconocimientos de otros, por mucho que se crea merecerlos no le competen y no son necesarios y, mucho menos, indispensables. Los reconocimientos habrán de nacer de uno mismo, y junto con los reconocimientos vendrá la motivación y viceversa; porque únicamente uno mismo debe de ser su propia competencia, su propio reto, su propia superación. Si usted mismo reconoce su valor, nada ni nadie podrá detenerlo, ningún comentario podrá afectar su desempeño ni su esfuerzo, y sobre todo, nadie tendrá la capacidad de minar sus sueños.

Es sencillo… uno sabe lo que vale una vez que reflexiona sobre quién era, quién deseaba ser y quién es hoy, uno hace conciencia de su potencial con base al logro de sus deseos, los propios… no los de nadie más… uno mismo vale por lo que se hace valer para sí mismo y para la vida de los demás. Por eso hoy le invito a reconocer su valor como persona única e irrepetible, a respetarse, automotivarse y autorreconocerse como el mejor todos los días… porque, finalmente, usted es la única persona que le acompañará por el resto de su vida.

¡Felices reconocimientos, felices motivaciones!

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