Una novela criminal

El relato de Volpi está construido con tal precisión que permite entender con claridad lo sucedido y, desde luego, el dictamen jurídico al que llevó la pretendida investigación

                El primer requisito de la civilización es el de la justicia.

                Sigmund Freud

Non fiction novel fue el nombre que originalmente se concedió al género. “Novela sin ficción”, le llama Jorge Volpi. A sangre fría (Truman Capote, publicada en 1965) es considerada la primera obra que merece la denominación, aunque los expertos citan un gran número de precedentes claros en la historia de la literatura. Capote, en efecto, narra un crimen absolutamente real, empleando para ello el formato narrativo que pareciera corresponder al de una novela. Me viene a la memoria un excelente ejemplo más, Asesinato (aparecida en 1985), de Vicente Leñero, obra que narra el asesinato de la pareja Flores Muñoz por el que fue condenado su nieto, Gilberto Flores Alavez.

Una novela criminal (Alfaguara, 2018) resulta, más que un proyecto narrativo, una pesada losa que Jorge Volpi decide echarse sobre la espalda, para cargar con ella durante más o menos tres años. Eso puede suceder

—lo sabemos todos— con cualquier otro expediente judicial mexicano que se encargue de un proceso de trascendencia histórica.

Las características del caso que narra Volpi se ajustan perfectamente a esa descripción, por tratarse del primer montaje televisivo de un supuesto crimen, ideado e implementado por los siniestros órganos de justicia mexicanos, y porque topó en un conflicto diplomático entre los gobiernos francés y mexicano. En todo lo demás, el expediente judicial y, por lo tanto, el tratamiento jurídico que se dio a diversos secuestros no es sino uno más de miles de documentos que han hecho y hacen constar la absurda forma de operar del vergonzoso sistema judicial mexicano.

Del mismo modo que las dos novelas que citaba, A sangre fría y Asesinato, el relato de Volpi está construido con tal precisión, veracidad y detalle, que permite entender con absoluta claridad lo sucedido y, desde luego, el dictamen jurídico al que llevó la pretendida investigación. Aquí me obligo a confesar que —como habrá sucedido con millones de mis compatriotas, escasamente cautelosos frente a un sistema de justicia completamente desaseado, dados a creer tonterías a todo trance si nos conviene, absurdos defensores de una patria agraviada por una criminal francesa— hasta antes de leer Una novela criminal no sólo vivía convencido de que Florence Cassez e Israel Vallarta eran culpables de múltiples secuestros; también me hallaba indignado por el tratamiento que los ministros de la Suprema Corte de Justicia de la Nación habían dado al caso, en atención a una necesidad más presidencial que de Estado: responder a la terquedad con la que había intercedido el entonces mandatario galo Sarkozy.

El sentido del relato, aun si agota cuanta fuente haya podido existir, me deja con la misma desazón con la que inicié la lectura. Dos posibilidades: el proceso de Cassez y Vallarta pudo tratarse de un complot para tomar venganza por parte de quien ejerció un rencor que no merecía todo lo sucedido, o bien —admito que me quedé con esta segunda explicación— necesitamos culpables que atrapar, procesar y sentenciar, para hacerle nombre y prestigio a nuestro abyecto modo de perseguir y sancionar crímenes, particularmente comprometido durante la Presidencia de Felipe Calderón Hinojosa.

Años de ejercicio democrático que deriva en demagogia en todo y para todo, el fin de la hegemonía política del PRI y, por ende, de todo lo corrupto y perverso que había en México, para que Una novela criminal nos muestre que la investigación de delitos sigue siendo la misma de los años fatales aquellos de la Dirección Federal de Seguridad, Miguel Nassar Haro, las torturas y las desapariciones, y un etcétera tan lamentable como cada quien quiera.

Del mismo modo, consta en la novela que la autoridad judicial federal actuó de manera absolutamente contradictoria al decidir sobre Florence Cassez, según lo ordenaron dos presidentes de la República. Obligado leer a Volpi ahora que somos una nación renovada, que reniega por siempre y para siempre de la corrupción y la injusticia. Su trabajo se convierte en un referente indispensable ante lo que, por ahora, no son sino buenos propósitos.

Twitter: @obenassinif

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