Las muertas de México
“Perra, dime vaquero/puta/eso te pasa por andar en la calle/ por revoltosa/perra”. María Rivera, OSCURO
En ejercicio de las prerrogativas para la comunicación social que le confiere el cargo de rector de la Universidad Madero de Puebla, Job Romero Reyes declara públicamente que las desapariciones forzadas y los homicidios de mujeres se han hecho más frecuentes en México en vista de que las mujeres se han vuelto más liberales, “la libertad —en descomposición de la sociedad— es la principal causa de que sean víctimas de delitos”. Meses antes, con argumentos muy semejantes, Romero se había pronunciado en contra de la Alerta de Género en Puebla. El 7 de septiembre pasado, Sergio Zurita, conductor de la cadena MVS, criticó duramente el modo de vestir y la apariencia con la que se presentan en las escuelas de sus hijos algunas madres de familias mexicanas, las calificó como “estúpidas, golfas, pirujas”, considerando que una mujer que es madre debe renunciar a su libertad. Entre risas por lo que habrá supuesto gracioso, se catalogó a sí mismo como increíblemente liberal y justificó que una mujer “meta a su casa a todo el Cruz Azul, por mí que se la piquen todos, siempre y cuando no sea madre”. Remató confesando que su mamá era “increíblemente guapa”, con lo que lo hacía sufrir, víctima de las burlas de otros niños.
La semana pasada conocimos del rapto y días más tarde del crimen del que fue víctima una joven universitaria de Cholula. Cualquiera puede pensar, puedo escribirlo aquí si hace falta, que se trata de una fatal coincidencia, factible en un país de libertades. Somos, pues, una nación nueva, libre y democrática, en la que nuestras mujeres —¿por ejercer su libertad?, ¿por estúpidas, golfas y pirujas?— siguen siendo brutalmente asesinadas día con día. No alcanzo a imaginar el dolor de padres, hermanos y cercanos de Mara al saberla víctima de un criminal de ocasión, de tantos como hay a los que no hacemos sino cebar cuando pretendemos —con libertad, eso sí— ensuciar el pensamiento y el comportamiento expresando nuestras “convicciones”. ¿Nadie va a decirles a los personajes que enrarecieron el ambiente? ¿No hay quien piense que ponerse a escupir sandeces moralistas en público puede tener que ver con la cultura del crimen?
Del último ingrediente para que una sociedad se haga con la potestad de matar mujeres, nuestro Estado vergonzosamente fallido no se puede más que sentir vergüenza. Que no vaya a haber censura, que no haya lugar a forma de regulación alguna de lo que cualquiera por ahí esté alentando en nombre del credo católico y sus empresarios o del credo metodista y sus universidades. Desastre social, somos libres de manifestar misoginias y homofobias, de alentar odios fundamentados en cómo viste una mujer, para justificar los crímenes que hoy nos cotidiana maldición. Mi más avergonzada solidaridad con todas las mujeres de México.
