Elecciones, ¿tragedia o comedia?
Cuando se trata de plasmar un testimonio, el género literario puede resultar difícil de escoger, complicándonos la expresión. La crónica parece incuestionable, aunque de repente se nos puede ocurrir el recurso narrativo con la soltura para contar que promete la ...
Cuando se trata de plasmar un testimonio, el género literario puede resultar difícil de escoger, complicándonos la expresión. La crónica parece incuestionable, aunque de repente se nos puede ocurrir el recurso narrativo con la soltura para contar que promete la ficción o la comedia. Las elecciones mexicanas tienen todo lo que hace falta para consignarlas atendiendo a lo que proponía el padre histórico de la comedia en la cultura occidental, Aristófanes, quien, a pesar de vivir en el “Siglo de Pericles” (siglo V, A.C:), en aquella Atenas conducida con brillantez y honestidad a toda prueba por el caudillo, reñía con Sócrates, descalificando la solemnidad con la que tomaba acontecimientos que no movían sino a risa. El griego condenaba la retórica de los políticos, considerándola “el arte de la adulación”. No tiene ninguna importancia quién haya ganado, políticos camaleones todos los nuestros, carentes de ideología y de propuestas, quieren ganar y administrar, evitando por todos los medios mandar, porque ya es un axioma que en México ejercer la autoridad implica perder votos. Con estos sencillos principios, ¿qué más que hacer comedia? Que conste, nada de lo que consigno es de esa manera; aunque admito que parodiar es difícil: Juanita se pasea frente a 17 millones de personas conducida siempre por su titiritero. No es para menos, diría cualquier alma afilada, si la candidata soltó en debate televisivo que ella “había conocido a una víctima de feminicidio que, afortunadamente, había sobrevivido”. ¿Que no lo dijo? Daría igual, su sintaxis muy pero muy vergonzosa habrá preocupado a sus estrategas, supongo, si hablan buen castellano. La proclama pública de su triunfo ya no era más que de risa loca: ella y su patrocinador van muy requetebién aunque hayan perdido. Y si las feministas ya juntan leña verde para mi hoguera, ¡la otra mujer! Bueno, sabido que iba por las prebendas políticas prometidas, nada que ver con la elección, pero, ¿una campañita así nomás, con algún decoro?, con un, ¿cómo gobernar protegiendo el futuro de 17 millones de mexicanos? Nada, nadita, en su comedia no hay sino bolsas de pan para hacer un ridículo de verdad histórico. Y el hombre aquel, rockero, eso sí, sin más consigna que gozar sus cinco minutos de poder para despreciar las (ridículas) instrucciones del otro partido para sumárseles. ¿Pues qué no era cuestión de echar al PRI? En casa de los vecinos, mientras tanto, rosa era todo: las tarjetas con salario para las tareas del hogar, el hospital también femenino y ya, las policías protectoras ahora sí. Mercadotecnia política, entiende uno, más allá de Aristófanes. No es lo que crees que debes decir sino lo que te diseñamos, lo que conviene. Una oportunidad histórica: rescatar al gobierno en México, al de cualquiera de sus entidades: qué quiero que pase, cómo lo consigo. Una sola burla en la que coincidieron todos: hay pobreza, inseguridad, desempleo, enfermedades, corrupción. Y yo les digo —parloteo hueco, absurdo— que voy a ponerles remedio, y ya. Vaya, aunque fuera verdad que eso quieren, ninguno de los que participó en la farsa que recién concluye sabe cómo. Su retórica, de tan burda y torpe, se les va volviendo involuntariamente chistosa. El respetable no parece satisfecho con la comedia, y no hace sino manifestar que espera ya la nacional, la del año próximo. De risa: no hubo, no habrá pan. Nuestros políticos no ofrecerán más que circo. En picada, voy cayendo y riendo. Aristófanes describió a los políticos: “Ciudadanías dudosas, una moral indescriptible y demasiada arrogancia”. Hace 25 siglos, y nadie entiende.
