Ettore Scola
Estamos frente a un descreído incurable que echa mano de una ironía impecable.
Era 1975, la boda de Julio Frenk con la Chepis, de la dinastía de don Abel Quezada, y yo escuchaba ni más ni menos a don Francisco Alonso De la Florida, mi profesor de Fisiología y el responsable último de mi vocación por el cerebro. El tema era la ironía, y el maestro sentenciaba: “Algún día, Benassini, usted va a ser un cabrón. Por lo pronto no es más que un cabroncete”. Calló por un momento y luego me interrogó: “¿Ha visto cine de Ettore Scola?”. Ante mi negativa sólo agregó: “¿ya ve?”. Justo ejercía de cabroncete, a gusto con la precisión de don Francisco, cuando se estrenó en México Una giornata particolare, lo primero que vi de Scola, recién fallecido y considerado el último de los gigantes del cine italiano. Esa película, premiada con un Globo de Oro en 1978, como tantas más, se me hizo indispensable, porque está hecha del alma de los protagonistas. A Scola sólo eso le importa y de eso estará hecho siempre su discurso fílmico. Así ha ocurrido con Una giornata…, presente durante 40 años ya, y para mí la mejor de las vías si se trata de rendir culto a Scola.
En 1938 Hitler y su estado mayor visitan Roma y reciben las atenciones del Duce Mussolini y el rey Víctor Manuel III. El país se paraliza por un día y el pueblo se vuelca a las calles a participar en el desfile. Vecinos, Sophia Loren que hace a Antonietta, esposa y madre de familia, y Marcelo Mastroianni que hace a Gabriele, un locutor despedido de su empleo, que ha decidido suicidarse, se han quedado en su casa para hacernos la historia que muestra a Ettore de todo a todo, de principio a fin. Para Scola los personajes transcurren el día ajenos a la celebración fascista, y conforme las horas avanzan nos los va mostrando: a él, homosexual y antifascista ahora desempleado y desterrado, a ella aplastada por un montón de hijos y un marido que hace mucho ha dejado de amarla y hoy profesa ese amor al fascismo. La propuesta del director y guionista es la de la intimidad. Seducidos uno y otro, intercambiarán ideologías, frustraciones, recuerdos y fantasías, como si cada uno hubiera tenido un destino incumplido porque el Estado les falló. A pesar de la identidad gay de Gabriele, Antonietta pretende que la quiera; tal es su afán que la pareja termina haciendo el amor, como si esa fuera la única alternativa más allá de cuanto les ha sido negado. Esta, claro, es apenas una de tantas formas de leer la historia, y así sucede con cada una de las películas del maestro, que habitualmente propone un relato impecable desde el punto de vista fílmico para que cada espectador haga lo que quiera con él.
Las reglas son conocidas: estamos frente a un descreído incurable que echa mano de una ironía impecable para tratar todo aquello con lo que nunca estará de acuerdo. Claro, La giornata, como muchos otros de sus trabajos, consigue resultados de enorme ternura a pesar de las limitaciones que Scola decidió imponerse. Cuarenta películas dirigidas hasta 2013, todas a partir de su experiencia como guionista, dado por consiguiente a no contar sino sus propias historias, a filmar por siempre y para siempre a los italianos. Federico Fellini (1920-1993) era un insomne incurable. Scola tiene que haber sido una buena persona, pues Fellini lo reclutaba por las noches para que le hiciera compañía. Recorrían Roma hablando del cine y de la vida. Hoy el maestro concluye una dinastía que difícilmente volverá a verse en el cine. Una giornata… se halla fácil, gratuita, en YouTube. Algunos la consideran una comedia. Yo no le encuentro nada de tal. Serán Mastroianni y la Loren, será la historia de la coincidencia de dos personas que basta para una obra maestra.
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