De premios y ni modo
Me resultan mucho, pero mucho más decorosos los festivales europeos.
Con el de Vero llevaba cuatro “¿Y por qué no escribes de los Oscar?”. Para meditarse, si de lo que se trata es de convocar lectores con sus entrañables clics y likes. Renuncio por esta vez a ponerme espeso, y vayan unas líneas a los Academy Awards. Mal principio que usurpen mi nombre, de las razones para ello hay dos versiones: la de Bette Davis, que en sus memorias aseguró que el nombre para la estatuilla había sido tomado del de su esposo, Oscar Nelson, dudosa; y la oficial, que relata cómo la secretaria de la Academia, Margaret Herrick le encontró al trofeo algún parecido con su tío Oscar. Cursi el monigote dorado con su espada sobre un rollo de película y cinco radios; uno por cada una de las ramas originales de la Academia: escritores, actores, directores, productores y técnicos. Mi primer enredo tiene que venir de mi hibridismo: los méritos y los consecuentes premios me parecen particularmente absurdos cuando se conceden al mérito artístico, como se pretende con éstos. Los artistas producen porque no consiguen contener su aptitud expresiva; la recreación estética de lo que sea, es una necesidad que padecen y con la que deben lidiar los creadores, y en la que ninguno que haya conocido pretenda refocilarse. El cine es arte, incuestionable, pero aún si así se quiere ver, me resultan mucho, pero mucho más decorosos los festivales europeos y la obra que ahí se exhibe y reconoce. Premisa, pues, para seguir escribiendo (¡y leyendo!): pachanga publicitaria sin más “arte” que el de hacer dinero. Mi segunda objeción se refiere al formato del evento: un teatro inmenso, lleno a reventar de paleros ostentando moda kisch, para aplaudir un espectáculo arcaico, plano, aburridísimo: show man que conduce exhibiendo su absoluta torpeza para hacer chistes, todos ellos lugares comunes del american way insufriblemente reiterados año con año. Si le agrego el pretendido suspenso de policía chino para alargar el negocio de transmisión hora tras hora y los conmovedores festejos definitivamente previsibles, nada prometen las líneas que siguen (fans de “Oscar”, abstenerse). Resulta que yo hago leña con Argo y con Ben Affleck, el moderno llanero solitario, y nada, que es la mejor película a pesar de que me haya parecido una racista desvergüenza después de lo que los gringos han hecho padecer a los árabes durante la última década; el colmo: Affleck agradece ¡a Irán! El mejor director es precisamente quien me descompuso la película Life of Pi, en el papel del aburridísimo relator de la historia; si agrego que la obra es archirrecontradigital, supongo que mi buen Ang Lee dirige softwares en el ciberespacio, no actores en escenarios. Confieso, no sin pena, conste, que Daniel Day Lewis, el mejor actor, fue un soporífero Lincoln que consiguió dormirme a los 20 minutos de película, pero concedo que para eso de las recreaciones históricas autocomplacientes no hay como los gringos. Culpo al íncubo de la cursilería que me parasitó desde la infancia, de que me haya gustado —nueva vergüenza personal— Silver Linings Playbook, y quizá en vista de eso no me molestó Jennifer Lawrence en el papel de la mejor actriz; sí, ya sé, malamadrienta y sobreactuadona, pero sirva el premio para ilustrar que en buena medida se trata de repartir parejo para no descuidar a ninguno de los comerciales frente de una monstruosa industria cinematográfica, con el meganegocio en puerta de dos films más de las novelas de Suzanne Collins, mismo motivo de por medio para premiar a Adele y al tema de Bond, que sigue vendiendo después de 50 años. El teatro de Broadway —veleidades de gringos— habrá de ser siempre cualquier cosa menos arte y cultura, dicho lo cual reconozco que me gustó la versión cinematográfica de Los Miserables; Javert y Fantine rescatan al más que acartonado Jean Valjean Jackman, para hacerme añorar a Depardieu en el mismo papel de alguna otra versión. Previsible como era, todo menos novedoso el film, nada más podía hacerse por comercializarlo, así que un solo trofeo de los de primera y un par de los de relleno. Por lo demás, lamento la muerte de Tony Scott y agradezco cualquier reconocimiento a Tarantino, de guiones siempre inobjetables. Y hasta ahí con la ceremonia número ¡85!, de otros tantos años. ¿Que por qué la vi? El discreto encanto de lo comercial me seduce como a cualquiera. Algún súcubo que acompaña al íncubo.
