Tiempo para pensar
Cuando alguien exclama: “¡Esos no piensan!”, habría que considerar quién no está pensando, pues soltar juicios preestablecidos no es pensar, como tampoco lo es vituperar. Entonces, ¿qué es pensar? ¿Qué se requiere para pensar? Pensar requiere separar nuestra atención de las cosas que exigen inmediatez: preparar la comida, ir al supermercado a comprar víveres o manejar.
Por Ingela Camba Ludlow*
Que la mente se llene de contenidos no es pensar. Que una idea nos persiga sin descanso, ya sea por deseo o por angustia, tampoco es pensar, ni que tengamos mil cosas en la cabeza. Cuando alguien exclama: “¡Esos no piensan!”, habría que considerar quién no está pensando, pues soltar juicios preestablecidos no es pensar, como tampoco lo es vituperar. Entonces, ¿qué es pensar? ¿Qué se requiere para pensar?
Pensar requiere separar nuestra atención de las cosas que exigen inmediatez: preparar la comida, ir al supermercado a comprar víveres o manejar, por ejemplo. Pensar incluye no sólo la comparación de y el discernimiento de pensamientos existentes. De hecho, la raíz de pensar incluye pesar; es decir, como si fuera una balanza, tiene implícito el acto de pensar dos diferentes posiciones o ideas sobre un mismo tema. Pensar también requiere la posibilidad de crear cosas nuevas; para ello se requiere abrir el espacio al aprendizaje a la curiosidad, a las cosas nuevas. Es difícil que ocurra algo totalmente nuevo de lo viejo; más bien la entrada de información nueva de percepciones es la que estimula el pensamiento.
Hay un costado emocional en el pensar, ese que Wilfred Bion describe muy bien: pensar duele, señala en Aprendiendo de la experiencia. ¡Qué raro!, podríamos decirnos. ¿Qué significa eso de pensar duele? Pensar está relacionado con la renuncia, con dejar atrás algo que se tenía pensado, dejar un lugar vacío para que sucedan cosas nuevas, como un pensamiento. Por eso, quienes tienen ideas fijas no le permiten la entrada a ningún pensamiento distinto. No están dispuestos a dejar ir nada. Aprender implica un duelo constante, exige dejar lo sabido como una primera parada en el largo camino de ir aprehendiendo.
Para Bion, “pensar” es una experiencia posible a partir de la relación con la madre en las primerísimas etapas de la vida. El bebé –con una mente inquieta, no organizada, llena de angustias y deseos que no está seguro de poder satisfacer— se relaciona con la mamá de una manera que podría parecer agresiva. Es decir, deposita en la madre todas sus insatisfacciones, preguntas y deseos voraces no cumplidos (la madre podría ponerse intolerante y quejarse de que el niño está imparable y ponerlo en brazos de alguien más). Bion nos dice que en ese momento el niño está mandando partículas beta, que no son ni siquiera unidades de pensamiento, apenas son fragmentos de protopensamiento; pero el niño, ahí está el detalle, no tiene la capacidad psíquica ni emocional de dar cuenta de lo que le pasa; así que no sabe que eso está sucediendo, mientras que la madre sí puede seguir sosteniendo esos momentos de angustia de ese pequeño, o sea, lo está conteniendo. E inmerso en esa paz, el niño puede comenzar a calmarse. A esto lo llama Bion capacidad de función alfa de la madre. De esa manera, ella puede enviar partículas alfa, que son ya unidades de pensamiento que pueden estar asociados, ligados, pensados. Estos pensamientos le ayudan al infante a entender que esas incomodidades que siente posteriormente las podrá nombrar... frío, hambre, enojo; incluso lo atravesarán antes de que siquiera entienda lo que son.
La capacidad de la madre de sostener “la agresión” del infante —a pesar del cansancio, con su cariño, paciencia y su particular competencia de devolver más palabras que castigos— es llamada reverie; es la que permite la función materna y el centro del origen del pensamiento para Bion. Será la mejor de las suertes de la vida, si nuestros padres, cuidadores o algún maestro nos detonó el movimiento de este círculo virtuoso en la mente.
Pensar no es una capacidad innata del ser humano. Requiere un largo camino, poder ejercerla también requiere un espacio especial. Esta sociedad presente, que ha cuidado de marcar bien el tiempo para reuniones, horarios laborales y escolares, definido las horas necesarias para sueño, para hacer ejercicio y hasta del tiempo libre, no ha logrado establecer un tiempo para pensar. Ése es tiempo en el que uno se encuentra consigo mismo. Es el tiempo para sentirse, saberse, conocerse y reconocerse; para pensar qué ha cambiado, qué situaciones seguimos sosteniendo, aunque ya no tengan sentido, aunque duela reconocerlo y pensarlo. El tiempo marcado por el reloj marca todo menos el tiempo para pensar.
Cada vez que pensamos somos diferentes al que fuimos; porque, al final de cuentas, pensar es la renuncia de una idea sobre otra, de una nueva visión sobre otra. Quizá por eso pensar duele.
