Sólo la ignorancia se indigna

La Revolución Mexicana ha dado mucho material para esa historia que se lee como literatura y también para el discurso visual

Por Fernando Islas

Para Víctor Manuel Torres.

Primero: el arte es simulacro. Segundo: nadie tiene el monopolio de la razón. El aprendizaje es, o debería ser, ilimitado. Sin horizonte. Y sin techo. Nuestra historia patria es ejemplo de ello. La que nos enseñaron en la educación básica, un largo relato de guerras y despojos. La que exalta, en parte esencial, las derrotas. Pensemos en la Revolución Mexicana. A principios de los años 70 del siglo pasado, durante su doctorado en el Centro de Estudios Históricos, Héctor Aguilar Camín se planteó una pregunta pertinente: “¿por qué no había estudios ni prestigio para los ganadores de la Revolución—–los constitucionalistas: Carranza, Obregón y Calles— y en cambio los había para los perdedores —Madero, Flores Magón y Zapata—. Esa interrogante fue la semilla de un gran libro que ha contado con varias ediciones: La frontera nómada.

La Revolución Mexicana ha dado mucho material para esa historia que se lee como literatura y también para el discurso visual. El muralismo, el movimiento pictórico nacional más conocido en el mundo, contiene grandes fragmentos de ese periodo. Pero si la historia exige nuevas versiones de lo que ya se ha contado, textos que enriquecen la visión del mundo, el arte cuenta con sus propios senderos.

Nada de malo tiene el Zapata gay, cuyo título es La Revolución, la obra de Fabián Cháirez, que se exhibe en la muestra colectiva Emiliano. Zapata después de Zapata, en el Museo del Palacio de Bellas Artes y que puso de cabeza a las autoridades culturales a cargo de Alejandra Frausto, aunque los especialistas pueden arrojarnos luces sobre sus virtudes y defectos estéticos.

El asunto tuvo un doble efecto. Por un lado, hay una férrea muestra de intolerancia de parte de los descendientes del caudillo. Por el otro, la publicidad que recibió un artista, no la exposición en sí. Los “dueños de la razón” exigieron originalmente que se retirara la pieza, imagen de cuya existencia se enteraron por el cartel publicitario de la citada exhibición, y después “negociaron” la colocación de la siguiente cédula informativa: “Descendientes de Emiliano Zapata expresaron su desacuerdo con esta imagen, por considerar inadecuada la representación de Zapata. Mediante el diálogo entre autoridades de la Secretaría de Cultura y el INBAL, el Museo del Palacio de Bellas Artes mantendrá la obra, basándose en el principio de la protección al derecho de libertad artística y creativa”.

En síntesis, perdió la diversidad creativa que se presenta en Bellas Artes, se generó una polémica que solamente dio réditos a Cháirez y, como en el Maratón, el famoso juego de mesa, ganó la ignorancia. La citada cédula es únicamente eso, pero deja un precedente. En febrero de 1988, Jorge Alberto Manrique no tuvo tanta suerte, pues presentó su renuncia “no voluntaria” a la dirección del Museo de Arte Moderno por presiones del grupo ProVida, ofendido porque en una colectiva había un cuadro que mostraba la imagen de la Virgen de Guadalupe con rostro de Marilyn Monroe.

Pero los tiempos cambian. Regresando al Zapata gay, advertimos que sólo la ignorancia se indigna. Blanca González Rosas lo planteó muy bien: “… la exhibición se ha reducido, en la opinión pública, a una sola obra de provocativo contenido sexual e histórico del pintor Fabián Cháirez. Y si bien la acción de Frausto ha sido un éxito mercadológico, logrando que el artista y la muestra resuenen en medios y redes, también ha descontextualizado y banalizado el sentido que tiene la pieza en la narrativa curatorial”. (Proceso, 15-XII-2019)

En cuestiones culturales, tanto creadores como públicos, tenemos derechos y libertades. En este caso, la homofobia fungió como mecha. Hace años, en algún lado leí un relato, ficticio o no, del encuentro entre Emiliano Zapata y Pancho Villa. El primero mandó traer un fino coñac por la ocasión. El honor era mutuo para ambos generales. Se respetaban. Zapata dio un largo trago y le pasó la botella a Villa, que apenas le dio un besito. Zapata, extrañado, lanzó una mirada reprobatoria, así que el Centauro del Norte no tuvo más remedio que beber. Bebió y se ahogó. Tosía fuerte. No aguantó el poder del licor, fuego en la garganta. Alguien le alcanzó una jarra de agua. Villa, supo Zapata en ese momento, era abstemio. A lo macho, nadie como Zapata, claman los ofendidos por la multicitada obra en Bellas Artes, y Villa era puto porque nunca supo qué es una borrachera.

Temas: