Promesas desde la isla
PorGuillermo Fajardo Una lección profunda atraviesa el desafortunado mundo de Robinson Crusoe, el náufrago por el que recordamos a Daniel Defoe 16601731: la de sentirnos agradecidos por nuestra suerte, aun en la peor de las circunstancias. “Podía asegurar que ni el ...
Por Guillermo Fajardo
Una lección profunda atraviesa el desafortunado mundo de Robinson Crusoe, el náufrago por el que recordamos a Daniel Defoe (1660-1731): la de sentirnos agradecidos por nuestra suerte, aun en la peor de las circunstancias. “Podía asegurar que ni el mercado Leadenhall se hubiese podido servir una mesa más rica que la mía”, llega a decir Crusoe, ya un poco más acostumbrado a su isla y a los avatares de la vida, esos vicarios del destino, Dios o las coincidencias. Recuerde el lector que Crusoe naufraga el 30 de septiembre de 1659, cerca del río Orinoco “en cuya boca o golfo” se encuentra su isla.
Nuestra propia isla, la Tierra, ha sido en su mayoría conquistada con el mismo brío con el que Crusoe domesticó la suya: una combinación de ingenio, perseverancia y buena suerte. En un mundo que apenas sale de la pandemia, que ya avizora una posible recesión, y que ve con horror el frágil pacto de la paz mundial en la guerra de Ucrania, la figura de Robinson Crusoe es lo más cercano a un libro de autoayuda. Tradujo, para todos nosotros, una ética del trabajo inspirada en la Providencia, un paciente curso de cómo la vida parece ser un mapa lleno de coordenadas que nunca funcionan, pero que los optimistas dirían que siempre nos llevan adonde pertenecemos.
Robinson Crusoe también puede representar la figura de una de las subjetividades más políticamente manoseadas en la actualidad: la del migrante que llega a una tierra extraña. Si bien Crusoe no necesita aprender un nuevo idioma, sí que requiere hablar y entenderse con la naturaleza, ese esfuerzo humano que la historia ha entendido como prodigio. Crusoe deja el Imperio británico, construido sobre huesos y colonias, y llega, literalmente, a una tierra de nada. Es verdad que la urgencia es sobrevivir, pero también imitar lo que dejó, decorar superficialmente su vida con la permanencia de su memoria. Crusoe no solamente necesita conquistarse a sí mismo, sino también domeñar la terrible apuesta que el destino le ha puesto frente a sí: una tierra extraña vaciada de signos. Para la historia humana, construir una catedral es igual de importante que nombrarla. Una construcción sin nombre o sin historia es una geometría sin sentido, un nombre, sin un lugar, es un absurdo. La isla de Crusoe necesita de alguien que le dé una razón de ser.
“Cuántas veces somos salvados sin darnos cuenta”, dice Robinson en una de sus tantas meditaciones. Parece que, entre más aislado y resignado se encuentra, más agradecido luce frente a los dudosos deseos de la Providencia. El arreglo civilizatorio que Crusoe imita en su isla no sólo es militar y religioso, sino también emocional. Es una pugna por seguir siendo humano en contra de la naturaleza… por medio de ella misma. Y he aquí otra lección para todos nosotros: el medio ambiente no puede permanecer intacto mientras existamos como especie. El jardín que usted tiene en su casa no es otra cosa sino naturaleza domesticada, un oxímoron un tanto trágico que nos pone en el centro de una pregunta: ¿por qué somos los únicos seres de la creación que no sabemos convivir con ella?
Algunos críticos, como Kevin Seidel, creen que la ficción de Defoe promueve un tipo de “pensamiento providencial acerca de nuestras propias vidas”, al recordarnos que “las historias que nos contamos a nosotros mismos, acerca de nosotros mismos, son casi siempre erróneas, ridículamente autocomplacientes, y temerosamente protectoras” de nuestra identidad. Robinson Crusoe, en su isla, necesita creerse lo que se cuenta a sí mismo para nunca rendirse. Es, al mismo tiempo, una historia de supervivencia como de ambición imperial. Y es que algunos lectores de Crusoe, como J.M. Coetzee, admirador de Defoe, califican a la novela de “propaganda” para el establecimiento de nuevas colonias británicas en el Nuevo Mundo. Desde esta perspectiva, Crusoe ya no es un náufrago, se ha convertido en ciudadano de su propio imperio. Esto es tanto una absolución como una acusación: la literatura, en realidad, no puede ver más allá de la pluma del escritor. Son otras épocas las que interpretan lo que dice el papel, aunque el escritor siga siendo responsable de lo que está ahí.
Un último apunte. Poll, el loro de Robinson, tiene una misión importantísima: repetir el nombre de nuestro náufrago. Y es que la única ancla con su pasado, además de su memoria, es su identidad, el nombre que sus padres le pusieron, que lo ata para siempre a una comunidad, a un imperio, a una forma de ser. Un nombre no sirve de nada sin alguien que lo pronuncie, pues conserva una subjetividad.
En México, un país de desaparecidos, el nombre se ha convertido en una prenda de humanidad, en la única voz que gritan los que buscan entre matorrales, montañas, o desiertos. A México, pues, le hace falta Poll y su terquedad, esa que evitó que Robinson se olvidara de su propio nombre. Y es que Crusoe, en realidad, ya había aceptado quedarse en la isla.
Nunca, sin embargo, decidió olvidarse de quién era.
