Los palacios de los sueños mortales de Oriente Medio
Por Shlomo BenAmi TEL AVIV.– El asesinato por parte de Israel del líder de Hezbolá, Hasan Nasrallah, es un acontecimiento de proporciones históricas en Oriente Medio. Como se desprende de la respuesta de Irán a los ataques de Israel contra su apoderado en el Líbano, ...
Por Shlomo Ben-Ami
TEL AVIV.– El asesinato por parte de Israel del líder de Hezbolá, Hasan Nasrallah, es un acontecimiento de proporciones históricas en Oriente Medio. Como se desprende de la respuesta de Irán a los ataques de Israel contra su apoderado en el Líbano, las ondas de choque se están propagando en toda la región y, probablemente, resuenen en todo el mundo. Nasrallah tenía la misión de destruir a Israel. Era un manto que había tomado de innumerables líderes árabes.
Israel fue la medida del fracaso de los árabes, señaló el difunto académico palestino Edward Said. Para muchos intelectuales, su supervivencia era intolerable. Ajami describió el caso de Khalil Hawi, un poeta y académico libanés que respaldaba el movimiento fascista Gran Siria de Anton Saadah y que luego bebió el elixir del panarabismo de Nasser. Pero finalmente no habría una gran Siria ni arabismo ni siquiera un Líbano del que Hawi pudiera estar orgulloso. Amargado y humillado, se quitó la vida el día de la invasión de 1982 del Líbano por parte de Israel.
Los intelectuales árabes crearon un universo moral en el que cualquier intento de cambio por parte de los gobernantes carecía de legitimidad.
Se suponía que la Revolución Islámica del ayatolá Ruhollah Khomeini iba a ser la respuesta chiita al fracaso del nacionalismo árabe sunita. Mientras que el panarabismo muchas veces estaba asociado con las clases sunitas hacendadas, a la revolución de Irán se la retrataba como un levantamiento de las subclases chiitas. Pero el mesianismo chiita encontró su propio camino hacia el fracaso, mostrándose incapaz de liberar a las masas árabes en el exterior, a pesar del gigantesco apoyo de las milicias apoderadas, creando al mismo tiempo un régimen opresivo e impopular que no ofreció un antídoto para la desigualdad.
El chiismo pronto cayó en la misma trampa que había condenado al fracaso al panarabismo sunita: en un intento por desviar la atención de sus fracasos, los líderes de Irán derramaron todos los recursos y energía disponibles en una guerra de aniquilación contra Israel. Nasrallah se convirtió en la personificación de un nuevo “palacio de los sueños” árabe, en el que las subclases chiitas reinarían como amos y señores en el Líbano y otras partes, y los designios regionales de “pequeño Satán” y “gran Satán” —vale decir, Israel y su amo norteamericano— eran desbaratados de manera permanente.
Si Nasser era un nuevo Saladino, y Hussein era “el victorioso”, entonces Nasrallah era el lord de la resistencia (muaawama). Era el héroe panárabe que luchó en la guerra civil de Siria durante más de diez años para salvar al régimen tirano de Bashar al-Assad y le declaró altivamente la guerra a Israel inmediatamente después de que Hamás llevara a cabo su masacre de octubre pasado. Y su leyenda sobrevivió incluso a los golpes devastadores de las últimas semanas, sobre todo al “ataque con dispositivos” del ejército israelí, en el que apuntó a miembros de Hezbolá haciendo detonar explosivos que había escondido dentro de bípers y walkie-talkies.
La presunción era que Nasrallah todavía tenía sorpresas bajo la manga. Pero resultó ser otro gobernante árabe delirante que fue destruido por la violencia que él mismo había cortejado.
Hasta sus últimas horas, Nasrallah no entendió hasta qué punto el ejército israelí se había infiltrado en las capacidades de Hezbolá. Hoy, el palacio de los sueños de Irán está en ruinas. La visión de un imperio chiita liderado por Irán es hueca.
Lamentablemente, los israelíes han construido su propio palacio de los sueños de “victoria total”, un palacio peligroso erigido sobre un cimiento de fervor nacionalista, mesianismo religioso e intransigencia política. Israel está decidido a librar una guerra en todos los frentes, sin ninguna visión de un futuro político que los vecinos de Israel pudieran llegar a aceptar.
Luego del asesinato de Nasrallah y de la invasión por parte de Israel del sur del Líbano, un profesor libanés advirtió que “una generación completa” de libaneses “se está despertando a la política” y que “Israel está plantando las semillas de futuras guerras”. Y así el ciclo de violencia continúa.
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