La amenaza de Trump está aquí
Por Joschka Fischer* BERLÍN – El traspaso pacífico del poder presidencial ha sido una norma política en Estados Unidos desde hace 228 años. A pesar de una sangrienta guerra civil, esta tradición ha sido un sello distintivo de estabilidad que sitúa a EU como la ...
Por Joschka Fischer*
BERLÍN – El traspaso pacífico del poder presidencial ha sido una norma política en Estados Unidos desde hace 228 años. A pesar de una sangrienta guerra civil, esta tradición ha sido un sello distintivo de estabilidad que sitúa a EU como la democracia más antigua del mundo moderno. Con el aumento de su influencia internacional, el sistema de gobierno estadunidense se fue volviendo, cada vez más, un modelo para el resto del mundo.
Pero la segunda asunción de Donald Trump cambiará el estatus y el papel de EU en el mundo. Ha puesto en claro que no le basta un simple cambio de personal o de políticas en Washington. Su verdadero objetivo es convertir la democracia estadunidense en un sistema gobernado por los ricos y poderosos; lo que el expresidente Joe Biden, en su discurso de despedida, llamó con razón oligarquía.
Los contornos de una oligarquía autoritaria ya comienzan a aparecer. La estrecha alianza entre Trump, que pronto será el hombre más poderoso del mundo, y Elon Musk, el hombre más rico del mundo, fue una señal inequívoca de este cambio. Musk aportó más de 200 mdd a la campaña de Trump, una inversión que ya ha amortizado con creces. Ambos creen que deben gobernar los ricos y los poderosos, y que sus privilegios deben estar por encima del Estado de derecho y de la gobernanza constitucional. Rechazan la búsqueda de la igualdad y esperan ver eliminados todos los límites entre el poder económico y el político, y a las dinastías ocupando el lugar de la democracia.
La sumisión de Silicon Valley a Trump era previsible. Aunque lo más probable es que otros titanes de la industria tecnológica no estén dispuestos a entregar sin más las riendas de la Casa Blanca a Musk, es evidente que comparten la misma visión de un futuro oligárquico. Si Trump se sale con la suya, la democracia estará en riesgo en todo el mundo. Con su fuerza política, militar y económica incomparable, EU ha sido el baluarte histórico de la democracia. Aunque nunca fue un ejemplo perfecto de los valores democráticos, ninguna otra potencia los ha promovido y protegido en la escena internacional tan sistemáticamente. Pero es probable que eso ya sea cosa del pasado.
Incluso si Europa consigue resistirse a que la dividan los nuevos oligarcas, mal podrá ocupar el lugar de EU. ¿Qué podrán hacer los europeos, realmente, si un gobierno neoimperialista de Trump coacciona a Dinamarca para que entregue Groenlandia? La respuesta la conocemos todos: muy poco.
Los europeos nunca esperaron nada bueno de la segunda presidencia de Trump. Pero pocos anticipábamos el giro que dio hacia el imperialismo y el revisionismo territorial respaldado por la amenaza de violencia contra un aliado de la OTAN. Esta novedad superó mis expectativas más pesimistas. Ya bastante malo era que Europa tenga que enfrentar sola la agresión neoimperialista de Rusia; ahora, estará bajo presión de potencias neoimperialistas desde ambos lados.
Pero al menos las amenazantes declaraciones de Trump en relación con Groenlandia, Canadá y el Canal de Panamá (además de su propuesta de intervención militar en México) aclaran el lugar de EU. Que nadie se haga ilusiones sobre el significado de su regreso al poder. A partir de ahora, el devenir internacional no lo dictarán reglas, normas o tradiciones, sino las superpotencias dominantes.
Si Europa se aferra a su bienamada idea de Estados-nación soberanos, quedará relegada a la categoría de potencia mediana, o menos que eso. Sus senescentes sociedades, que ya enfrentan el declive económico y tecnológico, estarán a merced de potencias externas con malas intenciones. Europa ya no contará como potencia global capaz de forjar su propio destino.
Trump y Vladímir Putin están obligando a la vieja Europa a decidir qué futuro quiere. Europa tiene capacidades tecnológicas, experiencia y recursos financieros para defender sus intereses en el siglo XXI. Pero nada de eso puede compensar su mayor carencia: la falta de voluntad política para actuar en el escenario internacional como una potencia unificada. Si los europeos de verdad quieren proteger su futuro, ya no basta decirlo, hay que hacerlo.
Traducción: Esteban Flamini
Copyright: Project Syndicate, 2025.
*Exministro de Asuntos Exteriores y vicecanciller de Alemania entre 1998 y 2005
