¿Sabe usted qué hacer cuando el agua le llega al cuello en la administración pública? No se preocupe, querido lector, que en los pasillos de la autollamada Cuarta Transformación han redactado, sin querer, un manual de gestión de crisis que envidiaría cualquier agencia de relaciones públicas, pero con un toque de surrealismo que sólo la política mexicana puede ofrecer.
Si usted es un funcionario público y, de pronto, se ve envuelto en señalamientos de corrupción, tráfico de influencias, conflicto de interés o, en el peor de los casos, nexos con el crimen organizado, la solución no es la transparencia ni la rendición de cuentas. Eso es cosa del pasado. La receta moderna es simple: envíe un comunicado defendiendo al maíz nativo.
Sí, leyó bien, maíz nativo. Invoque la soberanía alimentaria, hable de las bondades de la milpa y, con un poco de suerte, la opinión pública se quedará con cara de what, olvidando convenientemente las pruebas en su contra.
Utilice la carta de la distracción, como Jesús Ramírez Cuevas, asesor y exvocero presidencial con López Obrador, quien publicó una carta que, más que un desmentido jurídico, parecía un manifiesto ideológico. Optó por la técnica del “maíz distractor”. En lugar de explicar las dinámicas internas de poder que Julio Scherer Ibarra reveló en el libro Ni venganza ni perdón, del periodista Jorge Fernández Menéndez, se centró en la pureza de sus intenciones y la defensa de los símbolos de la transformación.
Es la magia de la retórica: si te acusan de maniobras políticas oscuras, responde con la luminosidad de la soberanía nacional. Al final, el escándalo se diluye en una sopa de letras donde lo que importa no es la verdad, sino quién sostiene la bandera más alta.
Pero si de dramatismo se trata, hay que mirar hacia la SEP. Marx Arriaga, quien hasta hace poco fuera director general de Materiales Educativos, nos dio una cátedra de cómo convertir una destitución en una puesta en escena digna de un Ariel, o por lo menos de un video viral en TikTok. Imagine la escena: al saberse fuera de la dependencia, en lugar de entregar la oficina y alistar la entrega-recepción, Arriaga decidió montar un show. Pidió a los policías que lo esposaran, argumentando con voz quebrada que su “crimen” fue haber creado los libros de texto de la Nueva Escuela Mexicana. Se presentó como un criminal peligroso perseguido por el sistema, mientras se aseguraba de que el video se transmitiera en tiempo real.
Con semejante espectáculo, ¿quién se va a detener a revisar las pifias, los errores ortográficos o los datos históricos imprecisos que plagaron esos materiales educativos? El ruido de las redes sociales ahogó cualquier análisis técnico. Y, para rematar, el reproche de que el gobierno nunca le dio presupuesto “ni para el taxi”, mientras se atrincheraba en su oficina para una transmisión maratónica de 24 horas. Es el victimismo elevado a política pública. Si no hay resultados que presumir, que haya mártires que aplaudir.
Si a usted se le ocurre utilizar los servicios del salón de belleza del Senado de la República y la cuenta se vuelve pública, no cometa el error de admitirlo. La respuesta correcta, la que marca el manual, es decir que fue una invitación de las senadoras de Morena.
Es un círculo perfecto de protección. Las senadoras lo negarán, la Mesa Directiva —casualmente presidida por alguien del mismo partido— guardará silencio y el escándalo quedará sepultado bajo la alfombra de la burocracia. No habrá nombres de quién autorizó ni quién dio los permisos ni sanciones. La estética del poder no se cuestiona, se encubre. Lo que resulta verdaderamente preocupante detrás de estos distractores es el origen del fuego. No estamos ante ataques de la oposición “conservadora”, sino ante un “fuego amigo” que arde con fuerza al interior de Morena. Las filtraciones, los videos y los señalamientos vienen de casa.
Mientras nos entretenemos viendo a un funcionario pedir esposas o leyendo odas al maíz para tapar baches éticos, el país real sigue ahí. Ese país donde el crimen organizado no necesita manuales porque ya controla plazas enteras; donde la violencia homicida sigue arrebatando vidas; donde los mineros desaparecen en el olvido y los jóvenes en Mazatlán se vuelven cifras de una estadística que nadie quiere explicar. La estrategia es: si el país arde en inseguridad, hay que lanzar suficientes fuegos artificiales políticos para que nadie mire hacia el incendio real.
La respuesta a las crisis no debería estar en el espectáculo ni en la distracción, sino en la justicia que tanto se pregona y que, por ahora, parece haberse quedado atrapada en un salón de belleza o en un video de redes sociales.
