El costo de no ser visible

Por: Elizabeth Palacios*

 

¿Quién ocupa el espacio y la conversación cuando tú no lo haces? No me refiero a la prudencia estratégica ni a la pausa necesaria antes de una decisión importante. Me refiero a la ausencia sostenida. Hablo de la falta de una presencia reconocible en los espacios donde hoy se forman opiniones, se construyen reputaciones y se toman decisiones.

Durante años asumimos que el trabajo hablaba por sí mismo. Que los resultados eran suficientes. Que la comunicación pública era un complemento y no una dimensión del liderazgo. Pero el entorno cambió.

Un artículo reciente publicado en Wired retoma una idea que empieza a consolidarse: en la llamada era posclic, la visibilidad se convierte en una nueva moneda de cambio. Ya no se trata únicamente de cuántas personas hacen clic en un contenido, sino de quién aparece de forma consistente y coherente en las conversaciones relevantes. Ese cambio no es técnico. Es estructural.

Porque cuando la información es mediada por sistemas que priorizan entidades claras —personas, instituciones, liderazgos con narrativa consistente— la ausencia deja de ser discreta y se vuelve costosa. Sin embargo, no todo está perdido, existe una interesante excepción: cuando una marca personal alcanza dimensiones globales y puede darse el lujo de administrar su silencio.

Benito Antonio Martínez Ocasio, mejor conocido como Bad Bunny, lo hizo recientemente: después de un momento de máxima exposición pública, decidió borrar el contenido de su cuenta de Instagram mientras el mundo todavía hablaba de él. ¿Quién puede darse semejante lujo? Alguien cuya presencia ya está instalada en la cultura, en la conversación y en la memoria colectiva. Alguien cuya visibilidad no depende de la frecuencia, sino del capital simbólico acumulado.

Pero ese privilegio no es universal. Se construye durante años, se sostiene con coherencia y se consolida con identidad clara. Para la mayoría de los líderes empresariales, públicos o institucionales, el silencio no se interpreta como estrategia. Se interpreta como ausencia; y eso, en entornos competitivos y altamente mediatizados, tiene consecuencias.

No es casualidad que el estudio The CEO Reputation Premium de Weber Shandwick concluya que alrededor de 45% de la reputación corporativa está vinculada a la reputación de la o el CEO, y que más de 80% de las personas en posiciones ejecutivas considera indispensable la visibilidad pública del liderazgo. Y es que hoy en día no se confía únicamente en marcas. Se confía en voces. La confianza no se construye sólo con resultados, sino con coherencia visible.

Y la confianza tiene efectos económicos concretos. Impacta la atracción de inversión, la preferencia de talento, la legitimidad regulatoria y la capacidad de incidir en la agenda pública. Hoy la percepción condiciona el acceso a oportunidades, por ello la invisibilidad no es neutral: erosiona el valor.

La pregunta no es si una o un líder desea estar en el espacio público, sino si puede permitirse no diseñar su presencia en éste. Porque el costo de no ser visible no siempre es inmediato. Se manifiesta de formas más sutiles: en conversaciones donde la organización no está presente, en talento que no logra identificar una visión clara, en decisiones que se toman sin una narrativa que las acompañe.

La visibilidad, bien entendida, no es una exposición superficial. Es arquitectura reputacional. No se trata de publicar más sino de sostener una identidad reconocible en el tiempo.

En la economía posclic, existir institucionalmente no basta. Hay que ser interpretado con claridad y sólo quienes ya construyeron una presencia incontestable pueden elegir desaparecer sin perder relevancia. Para el resto, el silencio no es una estrategia, sino un riesgo. Y ése, hoy, es un costo demasiado alto.

Diseñar presencia no significa exponerse sin criterio. Significa asumir que en un entorno hiperconectado la narrativa se construye con o sin nosotros. Cuando un liderazgo no ocupa su espacio, otros lo interpretan, lo simplifican o lo sustituyen. Y recuperar control narrativo siempre es más costoso que ejercerlo desde el inicio. Así que no olvides que, la visibilidad estratégica no es vanidad. Es responsabilidad.

 

*Consultora experta en Comunicación Estratégica e Impacto Socioambiental

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