Tlatelolco: un acuerdo por la paz
Por Luis Maldonado Venegas* La tarde del domingo 12 de febrero de 1967, la Comisión Preparatoria para la Desnuclearización de la América Latina COPREDAL, que presidía el Embajador Emérito de México, Alfonso García Robles, terminó de redactar y aprobó por ...
Por Luis Maldonado Venegas*
La tarde del domingo 12 de febrero de 1967, la Comisión Preparatoria para la Desnuclearización de la América Latina (COPREDAL), que presidía el Embajador Emérito de México, Alfonso García Robles, terminó de redactar (y aprobó por unanimidad) el Tratado para la Proscripción de las Armas Nucleares en la América Latina; dos días más tarde, el martes 14 del mismo mes y año, el documento fue abierto a la firma de los países latinoamericanos en la sede de la Secretaría de Relaciones Exteriores, ubicada en Tlatelolco.
Catorce de ellos ya lo habían firmado, según la nota puntual publicada el miércoles 15 de febrero por Excélsior en primera plana, a ocho columnas, que incluyó una frase del presidente Gustavo Díaz Ordaz, asistente a la sesión solemne: “México tiene completa fe en el Tratado”.
Culminaban así alrededor de dos años de reuniones de trabajo en cinco periodos de sesiones, distribuidos entre 1965 y 1967. Finalmente el llamado Tratado de Tlatelolco, hoy Organismo para la Proscripción de las Armas Nucleares en la América Latina y el Caribe (OPANAL), entró en vigor el 25 de abril de 1969, con la participación de 33 estados de Latinoamérica.
El Tratado de Tlatelolco prohíbe el desarrollo, la adquisición, el ensayo y el emplazamiento de armas nucleares en la región de la América Latina y el Caribe.
Fue un arduo camino en cuyo histórico proceso sobresalieron dos personajes mexicanos: el presidente Adolfo López Mateos, autor, convocante e impulsor de la iniciativa, y el extraordinario diplomático michoacano José Alfonso Eufemio Nicolás de Jesús García Robles, quien habría de ser secretario de Relaciones Exteriores (1976) y Embajador Emérito de México.
En 1982, por el esfuerzo, talento y la intensa labor de persuasión diplomática que dio cuerpo al Tratado de Tlatelolco, pero también por su sobresaliente actuación en la Organización de las Naciones Unidas, como representante permanente de México en la Comisión para el Desarme, Alfonso García Robles fue distinguido con el Premio Nobel de la Paz, el primero que se adjudicaba a un mexicano. Lo compartió con la sueca Alva Reymer Myrdal, cuya labor se destacó por hacer del bienestar una meta para la sociedad de su país; por añadidura, el esposo de Alva, Gunnar Myrdal, ganó en 1974 el Premio Nobel de Economía.
Después recibirían este galardón dos mexicanos más: el poeta y ensayista Octavio Paz (Premio Nobel de Literatura en 1990), por su obra apasionada “en amplios horizontes, caracterizada por la inteligencia sensorial y la integridad humanística”, y Mario Molina, Premio Nobel de Química en 1995, por advertir sobre el peligro del adelgazamiento de la capa de ozono.
El 21 de marzo de 1963, Adolfo López Mateos envió cartas personales a los presidentes de Bolivia (Víctor Paz Estenssoro), Brasil (Joao Goulart), Chile (Jorge Alessandri) y Ecuador (Carlos Julio Arosemena), convocándolos a hacer una declaración conjunta en la que anunciaran su disposición para firmar un acuerdo multilateral con los demás países de América Latina, a fin de establecer el compromiso de no fabricar, recibir, almacenar ni ensayar armas nucleares o artefactos de lanzamiento nuclear.
La respuesta de los cuatro jefes de Estado a López Mateos fue rápida y entusiasta. Como resultado, el 29 de abril de 1963 los cinco países involucrados adoptaron públicamente la declaración propuesta por México, que casi cuatro años después daría paso al Tratado de Tlatelolco.
Ese 29 de abril, en un mensaje a la nación, López Mateos precisó por qué había enviado esa carta solamente a los cuatro presidentes mencionados: “Tocó a esos cuatro países el singular honor de haber copatrocinado, en el último periodo de sesiones de la Asamblea General de las Naciones Unidas, un proyecto de resolución que tendía hacia la desnuclearización de América Latina… Consideré, pues, que era a esos cuatro Estados, a los que debería sugerir la conveniencia de invitar a las otras repúblicas hermanas a que aunáramos esfuerzos en favor de la proscripción de la amenaza nuclear de tierras latinoamericanas”.
La declaración de los cinco presidentes destacó el anhelo de que a ella pudieran eventualmente adherirse las demás naciones latinoamericanas, “a fin de constituir para nuestros pueblos una especie de carta libertadora de toda amenaza nuclear”.
Aquel anhelo de un acuerdo por la paz, impulsado por México, se logró con creces.
* Presidente de la Academia Nacional de Historia
y Geografía de la UNAM
