Si la Morena pide más…
La tarea del partido era elegir a quien, casi con seguridad, gobernará la Ciudad de México a partir del próximo año; mientras que en ese caso les importa el resultado de las encuestas, en el PAN no piden que éstas se respeten en los procesos internos, ni en los locales.
Por Jaina Pereyra*
Uno de los recuerdos más nítidos que tengo de cuando mi hermano estaba en la primaria es de una tarde en la que mi papá hacía la tarea de matemáticas con él, como lo hizo por muchos años con mi hermana y conmigo. Sebastián tenía de tarea alinear cerillos en formas geométricas para que entendiera los múltiplos de los diferentes lados: un triángulo con tres cerillos y luego con seis; un cuadrado con cuatro cerillos y luego con ocho, etc.
Mientras lo veía acomodando cerillos en la mesa pensaba en lo maravilloso que era que estuviera haciendo una tarea que nadie podía supervisar que hubiera hecho. Finalmente, no tenía que pegar los cerillos a una hoja, ni tenía que tomarles foto, ni nada. No sólo era una enseñanza de matemáticas, sino de ética y honestidad.
Esta semana, Morena nos pide que confiemos en que hicieron su tarea de acomodar cerillos, excepto porque su tarea era elegir a quien, casi con seguridad, gobernará la Ciudad de México a partir del próximo año y porque los intereses que en ello se juegan sirven de poderoso contraincentivo para la ética y la honestidad.
Es cierto que cada vez que hay cómo pegarle a Andrés Manuel López Obrador, hay un día de fiesta en gran parte de la prensa nacional. Mientras en el caso del PRI hablan de “tapados” casi míticos, en el caso de Morena se burlan del “dedito” de AMLO. Mientras que, en el caso de Morena, les importa el resultado de las encuestas, en el PAN no piden que éstas se respeten en los procesos internos, ni locales.
Pero es cierto también que Morena tiene una habilidad sobrenatural para atizar suspicacias.
¿Para qué se complican la vida anunciando una encuesta que no quieren publicar? ¿Por qué no filtraron amablemente a algún medio de comunicación una gráfica de columnitas entre las cuales, orgullosa, se irguiera Claudia como puntera? ¿Era menos ético eso que salir a decir que sí hicieron la encuesta, pero que no nos pueden decir ni cómo, ni cuándo, ni a quién, ni con qué resultado?
El otro día escuchaba a Daniel Moreno entrevistar a Yeidckol Polevnsky, secretaria general de Morena—y quien por cierto ha mentido en todos sus datos, desde en su fecha de nacimiento hasta su preparación académica—:
¿Que por qué no pueden enseñar públicamente la encuesta? Ah pues porque quieren proteger a su equipo técnico de investigación.
¿De que se los roben porque hicieron tan buen trabajo? ¿De que los amenacen para incidir en un resultado cuando ya lo dieron? A saber...
Que no es un problema de opacidad, sino de secrecía. Ah, órale. ¿Y por qué se valdría que fuera un proceso secreto? Pos quién sabe…
¿Que por qué tenemos que confiar en que el método es confiable? Ah pues porque la mismísima Claudia Sheinbaum, “quien es una ccccientíiiiifica” lo avaló.
La insinuación de Polevnsky era que la gente que militaba en Morena lo hacía porque creía en la integridad del partido y de sus miembros.
Por lo tanto, la dirigencia no tiene que demostrar que hace lo que dice porque ya lo demostró en algún momento y ya con eso debería bastar.
Independientemente de la cascada de afiliaciones a Morena de personajes poco más que cuestionables en fechas recientes, llama la atención que, para ser miembro de Morena, no tienes que suscribir una ideología, no tienes que aprobar un examen de ideología, como hacen los panistas, ni te tienes que graduar en el uso excesivo de formas, como hacen los priistas.
Puedes un día despertarte progresista y al día siguiente poner a votación el derecho al matrimonio igualitario, —no tienes que tener un proyecto, aunque puedes hablar de monorrieles—. Es decir, ser de Morena no es hacer algo o defender algo.
Para su secretaria general y para su presidente tiene que ver con ser de cierta manera y, por supuesto, tus acciones no definen quién eres. Sólo tu palabra puede declararte inmaculado, íntegro, incuestionable. Y con tu palabra debería bastar y sobrar.
Ni hablar. Ojalá alguien los hubiera visto ordenar cerillos en la mesa. Tal vez entonces sí, podríamos confiar en su palabra.
*Especialista en Discurso.
Directora de Discurseros SC
