Irán: una guerra sin resultados estratégicos
DESAFÍOS DEL ORDEN MUNDIAL

Opinión del experto Global
AMOS OLVERA PALOMINOS
Tras más de seis semanas de conflicto, la guerra entre Estados Unidos, Israel e Irán ha entrado en una fase marcada por la incertidumbre: mientras se intensifica la presión militar y económica, ninguno de los objetivos estratégicos de Washington —cambio de régimen, control del programa nuclear o debilitamiento decisivo de la capacidad militar iraní— se ha materializado, y las negociaciones avanzan sin ofrecer aún una salida clara.
Analizamos una nueva fase en el conflicto entre Estados Unidos, Israel e Irán que, tras más de seis semanas de enfrentamientos, empieza a mostrar no solo su dimensión militar, sino también sus dilemas estratégicos, jurídicos y políticos.
Uno de los elementos más preocupantes es la ampliación progresiva de los objetivos dentro del territorio iraní. De acuerdo con reportes recientes, el Pentágono continúa revisando la lista de instalaciones susceptibles de ataque, incluyendo infraestructuras energéticas que sostienen tanto operaciones militares como servicios básicos para la población civil.
Aquí emerge un punto central del debate. En el derecho internacional humanitario, los ataques deben limitarse a objetivos estrictamente militares. Sin embargo, cuando una infraestructura tiene uso dual —es decir, sirve simultáneamente a fines civiles y militares— algunos estrategas sostienen que puede convertirse en un objetivo legítimo.
El problema es que, en las guerras contemporáneas, prácticamente toda la infraestructura de un país tiene algún valor estratégico: electricidad, agua, transporte o energía. Ampliar esa definición implica entrar en un terreno especialmente delicado, donde las fronteras entre lo civil y lo militar se vuelven cada vez más difusas.
Esta discusión se da, además, en un momento en que la campaña militar parece haber entrado en una fase de desgaste. A pesar del alto volumen de ataques acumulados desde finales de febrero, no hay señales claras de que Irán esté dispuesto a ceder en sus posiciones centrales.
Por el contrario, Teherán ha reforzado su capacidad de presión en un punto crítico del sistema energético global: el estrecho de Ormuz. La intermitencia en su apertura y las tensiones en torno al bloqueo han evidenciado hasta qué punto esta ruta sigue siendo una palanca estratégica de primer orden.
En este contexto, el presidente estadounidense Donald Trump ha elevado el tono de sus declaraciones públicas. En intervenciones recientes ha insistido en que Estados Unidos tiene la capacidad de inutilizar infraestructuras críticas iraníes en cuestión de horas si no se alcanza un acuerdo.
Sin embargo, en el mismo discurso también ha dejado abierta la puerta a evitar una devastación total, e incluso ha insinuado la posibilidad de participar en la reconstrucción del país tras el conflicto. Esta combinación de amenaza y ambigüedad refleja la complejidad —y también la incertidumbre— del momento estratégico.
Pero más allá de la retórica, los hechos empiezan a perfilar una conclusión incómoda para Washington: ninguno de los objetivos estratégicos que dieron origen a la ofensiva parece haberse cumplido.
Ni ha habido un cambio de régimen en Teherán.
Ni se ha desmantelado el programa nuclear iraní, ni se ha asegurado el control del uranio enriquecido.
Ni se ha neutralizado de forma decisiva su capacidad militar, en particular su arsenal de misiles y drones.
En el plano político, el régimen iraní no solo permanece en pie, sino que ha mostrado capacidad de maniobra tanto interna como externa. En el terreno nuclear, las negociaciones apuntan, en el mejor de los casos, a moratorias temporales, no a una eliminación estructural del programa. Y en el ámbito militar, la propia conducta operativa estadounidense refleja que la capacidad de disuasión iraní sigue siendo un factor real.
El caso del estrecho de Ormuz resume bien esta dinámica. Washington ha intentado imponer un bloqueo para asfixiar la economía iraní, pero su aplicación ha mostrado límites prácticos y políticos. Algunos buques han logrado transitar, y la posibilidad de escalar hacia confrontaciones con otras potencias añade riesgos adicionales.
Al mismo tiempo, el bloqueo se ha convertido en un arma de doble filo. Como advierte Lawrence J. Haas en su artículo On the Strait of Hormuz, Who Will Blink First—the US or Iran?, la clave no está solo en la capacidad de infligir daño, sino en la resistencia política y económica de cada parte para sostener la presión en el tiempo. Y en ese terreno, tanto Washington como Teherán enfrentan límites distintos, pero reales.
En Estados Unidos, el desgaste interno comienza a ser visible: presión económica, fatiga política y un entorno electoral que reduce el margen de maniobra. En el plano internacional, varios aliados muestran reservas, mientras otras potencias han encontrado mecanismos para amortiguar el impacto del bloqueo, reduciendo su efectividad.
El momento actual, sin embargo, exige una cautela adicional en el análisis. Más que una guerra definida, lo que estamos observando es un proceso en desarrollo donde la información cambia día a día y las señales son, con frecuencia, contradictorias.
Mientras las declaraciones políticas elevan el tono o anuncian avances, los equipos técnicos de ambas partes continúan negociando en paralelo. Es ahí —más que en la retórica pública— donde realmente se está jugando el desenlace del conflicto.
Por eso, el actual alto el fuego parcial no debe interpretarse como un punto de llegada, sino como una fase de prueba. Una pausa que permite medir fuerzas, evaluar costos y explorar salidas sin asumir aún compromisos definitivos.
En ese contexto, la falta de claridad no es un error del análisis: es la característica central del momento.
Lo único que, hasta ahora, permanece constante es lo esencial: los objetivos estratégicos que dieron origen al conflicto siguen sin haberse materializado en los hechos.
Y mientras eso no cambie, cualquier narrativa de victoria seguirá siendo, al menos por ahora, prematura.
Amos Olvera Palomino
*Analista amosop@hotmail.com
@PalominoAmos