La historia del agua en el Valle de México es, en buena medida, la de una ciudad levantada a contracorriente de su entorno natural. Ninguna de las 33 megaurbes del mundo se localiza en una cuenca endorreica, es decir, cerrada y sin salida natural al mar. Desde la fundación de Tenochtitlán, en 1325, hasta la actualidad, han transcurrido más de siete siglos de una lucha constante contra las condiciones naturales de un territorio cuya vocación hidráulica ha sido, esencialmente, estar inundado.
Para comprender esta situación, conviene recordar que Tenochtitlán fue una urbe anfibia, integrada por tierra firme, calzadas, puentes, chinampas y canales. Asentada sobre islotes en el lago de Texcoco, creció al ganar espacio al agua y se articuló con tierra firme mediante diversas calzadas.
Al mismo tiempo, con una extensa red de canales de navegación que medían decenas de kilómetros, las canoas eran fundamentales. No era un detalle pintoresco, eran parte central del transporte de personas y mercancías. Los canales permitían mover alimentos, materiales y productos del mercado, mientras las calzadas y caminos enlazaban la ciudad con otras poblaciones ribereñas y con tierra firme.
Fue en ese entorno singular, atípico y poco favorable para el desarrollo de una gran concentración urbana, donde, con el tiempo, se consolidó la actual Ciudad de México, una de las metrópolis más grandes del mundo.
A lo largo de su historia, la ciudad ha padecido inundaciones de gran magnitud. Desde la ocurrida en Tenochtitlán en 1449, pasando por la desastrosa inundación de 1555, la primera del periodo virreinal, hasta la gran inundación de 1951, ya en el siglo XX, que cubrió dos tercios de la ciudad, alcanzó niveles de hasta dos metros de altura y se prolongó durante tres meses, la capital ha registrado, al menos, 14 episodios de inundación severa.
El reubicar la ciudad se llegó a plantear de manera seria en varias ocasiones, empezando desde la caída de Tenochtitlán, cuando muchos de los primeros pobladores españoles objetaban el sitio, principalmente por su propensión a inundarse, pero Hernán Cortés decidió mantener ahí la capital de la Nueva España por razones económicas, políticas y para borrar los vestigios materiales de la cultura mexica.
Tras la gran inundación de 1555 surgió el primer debate sobre su reubicación, que fue rápidamente desechado por su excesivo costo. Más tarde, después de la inundación de 1629, se formuló una propuesta formal de mudanza que llegó incluso desde la corte de Felipe IV en una Real Cédula de mayo de 1630. El sitio considerado eran las lomas entre Tacuba y Tacubaya, pero la propuesta encontró una fuerte oposición, especialmente de la Iglesia, debido a que entre los inmuebles afectados se encontraban quince conventos, ocho hospitales, seis colegios, la iglesia catedral, las casas reales y el arzobispado. A ello se sumó una coalición de intereses locales que finalmente impidió concretar el proyecto.
Tiempo después, en el Congreso Constituyente de 1824, volvió a surgir una propuesta para trasladar la capital del país, esta vez a Querétaro. En ese contexto, el doctor Fray Servando Teresa de Mier pronunció un discurso en el que sostuvo que retirar los poderes de la Ciudad de México debilitaría al gobierno. Argumentó que los Supremos Poderes estarían más seguros, que sería más factible preservar la unión de la Federación y que se podrían contener con mayor eficacia la anarquía y el desorden internos. Defendió la posición de la Ciudad de México al considerar que ofrecía mejores condiciones militares y mayores posibilidades de defensa, mientras que Querétaro, a su juicio, era una plaza más vulnerable.
Y la capital permaneció donde estaba. Esa decisión, reiterada a lo largo de los siglos, marcó el destino hidráulico de la ciudad. Si no era posible moverla, había que encontrar la forma de sacar el agua. De ahí surgió una larga secuencia de obras, proyectos y soluciones, de las que hablaremos en las siguientes entregas.
