Somos el corazón de las que ya no laten

Honestamente, no recuerdo la primera vez que participé en un evento conmemorativo del 25 de noviembre. Año tras año recordamos solemnemente a las hermanas Mirabal y a todas aquellas mujeres que, víctimas de violencia, hoy ya no nos acompañan. No basta rememorar. Las ...

Honestamente, no recuerdo la primera vez que participé en un evento conmemorativo del 25 de noviembre. Año tras año recordamos solemnemente a las hermanas Mirabal y a todas aquellas mujeres que, víctimas de violencia, hoy ya no nos acompañan. No basta rememorar. Las palabras se diluyen en el discurso público. Sin embargo, seguimos. Seguiremos conmemorando. No queremos detenernos hasta sabernos todas a salvo.

La violencia contra las mujeres se basa en la imposición del sistema patriarcal. En la supremacía que hemos otorgado y seguimos otorgando al modelo de la masculinidad hegemónica. La violencia contra las mujeres encuentra su caldo de cultivo en la normalización de las distintas formas de violencia y en la construcción de relaciones machistas y desiguales que enseñan a los varones a ser dueños de las mujeres, de sus esposas, de sus hijas, de sus nietas, de sus compañeras. Esta realidad nos acompaña.

Hemos avanzado, sí, nuestra condición —nuestra libertad— es diferente a la de generaciones pasadas. Debemos reconocerlo, sin ellas, sin ellos, feministas, sin las que nos antecedieron en esta lucha, no estaríamos aquí. Pienso en mi abuela y en mi madre, que adelantándose a su época, educaron en igualdad de género. Reconocieron derechos de las mujeres que no estaban en la ley. Desatendieron cánones culturales. Lucharon por nuestra libertad. Lucharon porque fuéramos “parte esencial”. Como diría Arundhati Roy, escritora y activista india, “una lucha en donde las mujeres no ocupemos el núcleo, la parte de arriba, la parte de abajo y el interior, no es en absoluto una lucha”.

He constatado en primera persona, ante diversos casos de feminicidios y desapariciones, que son otras mujeres, principalmente las madres, las que persiguen la justicia hasta alcanzarla. En las manifestaciones, una sabe cuánto tiempo lleva una víctima desaparecida, por el número de personas que reivindican a coro: “vivas se las llevaron y vivas las queremos”. Si son varios los familiares y amigos, la desaparición es reciente. Cuando se ve a una mujer, gritando sola, desgarrada, pero entera, sin coro, se intuye que es la madre de una víctima que ha desaparecido tiempo atrás. Ellas no se detienen.

En la labor que desempeño los hechos hablan por sí mismos. En numerosos antecedentes emblemáticos de la lucha contra la violencia de las mujeres, son otras mujeres las responsables de buscar justicia. Irremediablemente, también son las madres de las víctimas las luchadoras incansables que llevan sus casos hasta los tribunales más altos, abriendo así el camino para otras. Pienso en Mariana Lima o Karla Pontigo, entre muchas otras. Tampoco se detuvieron.

Parecería que estas grandes mujeres defensoras de derechos caminan en soledad. Parecería, pero no es así. Siempre lo hacen acompañadas y abrazadas por otras. Unidas somos mucho más fuertes. Cuando la causa de una, se convierte en la causa de todas. De todas. También en la mía. Se vuelve propia.

No recuerdo la primera vez que conmemoré el 25 de noviembre, pero todos los días me recuerdo que de cada uno de nosotros y nosotras depende que no haya una niña, una adolescente, una mujer ultrajada, una nueva víctima de violencia, una vida más perdida. En nuestras manos está nuestra vida libre de violencia, nuestra libertad. Hoy recuerdo estar parada en las escaleras principales de la Suprema Corte, vestida de negro, rodeada de ellas, incansables, fuertes, unidas, convencidas de que esta lucha tiene fin. Latiendo juntas, por ellas, por las que no están. No nos detendremos.

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