¿Planeas embarazarte pronto?
Hoy comprendo que, a pesar de todo, estuve en un lugar de excepción
Recuerdo mi primer paso hacia el Poder Judicial de la Federación (PJF). Trabajaba entonces en el Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM, a donde ingresé recién titulada de la Facultad de Derecho. Desde mis estudios de posgrado surgió la posibilidad de trabajar en un Tribunal Colegiado como secretaria proyectista. A mis veintitantos años, ingresar al PJF, resultaba sin duda, una oferta atractiva. Estaba recién casada y ahorrábamos para el futuro. Confieso que la función jurisdiccional sólo la conocía a través de la academia. La posibilidad me entusiasmó enormemente. Todo parecía maravilloso hasta que la primera pregunta después de que manifesté mi interés fue: ¿Te planeas embarazar pronto?
Mi respuesta fue automática y sincera: no. No me indigné. En ese entonces ni se me ocurrió que algo andaba mal. No lo asumí como lo que es: violencia de género, violencia laboral, violencia sexista, en definitiva: violencia estructural. No reaccioné al interrogador. Ni siquiera lo comenté entre mis conocidos, sólo con mi familia. Desde luego hoy protestaría, pero en ese entonces, lo normalicé. Acepté el trabajo, inicié así mi carrera en el PJF.
Mis hijos nacieron cuando su padre y yo así lo decidimos. Comenzó la experiencia de ser madre profesionista. Tuve la suerte, y fue suerte nada más, de que mi jefe no se quedaba en las tardes en el Tribunal, así que entre tres y media y cuatro, yo me iba a mi casa a ver a mi hijo y a seguir elaborando los proyectos de sentencias que me correspondían. Claro, no me libré de la típica pregunta de uno de mis compañeros varones ¿te vas temprano? Yo sabía que su esposa lo esperaba en casa. Supongo que por su cabeza transitaba la idea de que, ni era yo buena profesionista, porque no me quedaba en las tardes en el Tribunal ni buena esposa y madre, porque desatendía mis responsabilidades en el hogar.
A lo largo de mi carrera judicial enfrenté varios de estos “retos”. Nuevamente los normalicé y afortunadamente los superé. Hoy, producto de mis estudios en género, de mis debates con colaboradoras y colaboradores, les pongo nombre y apellido a mis “retos”. Fueron violaciones directas, indirectas o encubiertas a mi dignidad. Prácticas discriminatorias.
He aprendido a de-construir mi realidad y mi historia. En aquel entonces, poderme colocar a la par de los varones, me hacía sentir absolutamente privilegiada. Desde ahí la trampa de nuestra sociedad machista y patriarcal. Jamás hubiera pensado en algún tipo de acción positiva a nuestro favor. Jamás habría entendido que la desigualdad estructural que hemos sufrido las mujeres justifica el otorgamiento de lo que muchos y muchas catalogan como tratos preferenciales. Hoy sé que fui una más, que la principal causa de discriminación contra las mujeres es aquella por motivos de embarazo (Copred).
Hoy comprendo que, a pesar de todo, estuve en un lugar de excepción. Que la posibilidad de considerarme “en igualdad de condiciones” que mis compañeros varones —falsa igualdad— en realidad derivó de la red de apoyos con los que conté. Hoy valoro más que nunca la actitud de muchos varones que impulsaron mi carrera. Que se atrevieron a reinterpretar nuestra realidad. Y de ellas; de todas las mujeres que comparten nuestra lucha, que me acompañan día a día. Hoy me queda claro que sin todos ellos y ellas mis “retos” hubieran sido barreras insuperables.
Mi designación como ministra de la SCJN fue producto, primero, de mi elección de hacer carrera judicial. Elección que, insisto, no sólo fue posible por mi desempeño personal, sino por una multiplicidad de factores. Pero también fui designada por ser mujer. En ese momento concluía su mandato una de las dos mujeres y hubiese resultado inconcebible sustituirla con un varón. Soy una orgullosa cuota de género dentro de la SCJN y, aun así, somos tres ministras de entre los once integrantes.
Necesitamos más mujeres, no sólo al interior de la judicatura, sino en todos los órganos de representación pública y participación social de todos los ámbitos profesionales. Ahora, no nos confundamos. No bastan las cuotas. No basta la integración paritaria. Una vez que ocupamos el puesto, empieza el verdadero reto.
El desafío es que no nos pregunten, ni mucho menos nos despidan, si deseamos embarazarnos. Que dejen de interrogarnos en entrevistas de trabajo, si estamos casadas. Si tenemos hijos. Si nos hacemos cargo del cuidado de nuestros padres o familiares con discapacidad. El reto es que no nos griten sintiéndose superiores ni nos ridiculicen al supuestamente compartir conocimiento. Que no nos incomoden con sus piropos. Que no nos toquen, forzadamente. Que no nos despidan por acudir a las juntas escolares de nuestros hijos o por correr a urgencias ante un accidente. Que podamos vestirnos con libertad. Que no hagan bromas sobre nuestros periodos menstruales. Que dejemos de sentir miedo. Que no nos juzguen por nuestra apariencia, sino por nuestra capacidad. Que no nos desacrediten porque ellos todo lo saben. Que no nos interrumpan por ser mujeres. Que no nos paguen menos por trabajos iguales. Que no tengamos que pedir perdón por decidir embarazarnos. Que los “nos” desaparezcan hasta volvernos iguales en dignidad y derechos. #NiUnaMenos #NiUnaMás
*Ministra de la SCJN
