AMLO–Biden, ¡les llegó la hora!

México pide respeto y trato digno en la cooperación.

 La relación en materia de seguridad entre México y Estados Unidos históricamente ha sido complicada. Siempre han existido cla­roscuros en la definición de la agenda, en su instrumentación, en la operación de los acuerdos y, desde luego, en su evaluación. En el balance, ninguna de las dos nacio­nes puede afirmar categóricamente que no hubo resultados, algunos verdaderamente importantes, pero no los deseados. La co­rrupción y la desconfianza institucional han sido factores determinantes para que no se avance, la reciente extinción de la Unidad de Investigaciones Especiales que operó durante 25 años, da cuenta de ello.

Estados Unidos afirma que la crisis de violencia en su país es generada por el flujo de las drogas, específicamente las metanfetaminas y el fentanilo provenientes de México, nues­tra frontera es “porosa”. Las cifras son alarmantes, según Robert Anderson, supervisor de los Centros para el Control y Prevención de Enfermedades, sólo el año pasado se rebasa­ron los 100 mil fallecimien­tos por sobredosis. Éste es el principal referente que plan­tea el gobierno estadunidense en la definición de la agenda bilateral.

Sin embargo, la posesión de armas entre los habitantes de la Unión Americana, según la organización Sma­ll Arms Survey, arroja un promedio de 120 armas por cada 100 habitantes, es decir, existen más armas que personas. A su vez, de acuerdo con datos del colectivo The Gun Violence Archive, sólo en 2020 se produ­jeron 691 tiroteos masivos donde murieron 20 mil 658 personas por arma de fuego y fueron heridas 40 mil 358, lo que pone en duda que el fenómeno de la violencia en Estados Unidos sea de nuestra exclusiva responsabilidad.

Es cierto que México debe fortalecer su política criminal en materia del crimen or­ganizado, también es correcto afirmar que poseemos una grave crisis institucional, particularmente en los municipios, prove­nientes del narcomenudeo, la corrupción, el cobro del derecho de piso, entre otras muchas causas. No podemos negar que el trasiego de estupefacientes con nuestros ve­cinos es real y que el flujo de armas ilegales provenientes del norte genera violencia y fortalecimiento de los cárteles mexicanos, pero no se puede afirmar categóricamente que nosotros seamos sólo el problema.

Las cuestiones de tráfico de drogas y armas son transfron­terizos, no tienen una solución meramente local, se requiere necesariamente la coordina­ción de ambas naciones. Las descalificaciones mutuas no nos llevan a resolverlos. Los presidentes AMLO y Biden lo saben, han ofrecido entendi­miento y cooperación entre ambos países. Es el momento de un nuevo planteamiento real y objetivo, reconociendo debilidades y fortalezas. Sólo así, podremos resolver nues­tras propias crisis de violencia y seguridad.

México pide respeto y trato digno en la cooperación “suelo parejo”. Estados Unidos ofrece apoyo técnico y recursos. Pare­ciera que en el papel, estas referencias no son difíciles de materializar, pero la historia re­fleja que no hemos sido capaces de lograrlas.

Hagamos lo necesario por recomponer la relación bilateral. A las dos naciones “les llegó la hora”, es impostergable el definir la agenda bilateral, establecer los objetivos, los planes, las rutas de acción y su adecuada supervisión. No lo “echemos en saco roto”, aprovechemos los acuerdos del último en­cuentro de alto nivel agendado.

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