Como la vida misma

Benito Juárez impuso con mano de hierro sus decretos, exacerbando una guerra civil que desangró al país.

BENITO… HÉROE Y VILLANO

En México, cuestionar a Benito Juárez es casi un sacrilegio. Se nos ha inculcado desde la infancia que es el gran héroe, el reformador inmaculado, el padre del Estado laico y el defensor incansable de la República. Su efigie adorna calles, plazas, escuelas, billetes y discursos oficiales, como si de un dogma religioso se tratara. Pero ¿realmente merece este pedestal?

Juárez fue, sin duda, un personaje fundamental en la historia de México, pero el culto a su figura ha omitido aspectos oscuros y contradicciones que merecen ser analizadas. Se le aplaude como el defensor de la democracia, pero gobernó con poderes extraordinarios durante años, extendiendo su mandato mucho más allá de lo que cualquier demócrata moderno consideraría aceptable. Sus reformas fueron radicales, pero no necesariamente conciliadoras: en lugar de buscar acuerdos, impuso con mano de hierro sus decretos, exacerbando una guerra civil que desangró al país.

Indígena y oaxaqueño, igual que Porfirio, éste tuvo más suerte con el juicio de la historia. Si bien Díaz fue un dictador sin ambages, trajo más progreso y modernidad que Juárez, y sin embargo, será siempre recordado como el malo de la película. No es para tanto. No me gustan ninguno de los dos. Eso es lo que tiene acomodar la historia a las conveniencias de cada momento: el PRI se creó los dos cuentos y nos los vendió con el mismo cinismo con el que veneramos a los sanguinarios aztecas y odiamos a los españoles. Cada vez me convenzo más: nuestra historia se ha adaptado al guion de la política. Son malos los que convienen perversos y buenos los que dan mejores resultados. Cortés es un asesino, Cuauhtémoc un santo, Benito un salvador y Porfirio el mayor tirano de nuestra distorsionada historia nacional.

Pero regresemos a Benito. La separación entre la Iglesia y el Estado fue, sin duda, una transformación necesaria, pero la forma en que se ejecutó dejó cicatrices profundas. La desamortización de bienes eclesiásticos, vendida como un acto de modernización, terminó beneficiando a una nueva oligarquía en lugar de mejorar las condiciones del pueblo. Lejos de democratizar la propiedad, sólo trasladó el poder de unas manos a otras. A Juárez se le exalta como el gran defensor de la soberanía nacional, pero no faltan quienes señalan que su resistencia ante el imperio de Maximiliano, aunque heroica, prolongó innecesariamente un conflicto que podría haber terminado con una solución política menos devastadora. La represión contra sus adversarios fue despiadada, y su lema de “El respeto al derecho ajeno es la paz” quedó en el aire cuando se trataba de los derechos de sus enemigos políticos.

Si se mide a Juárez con los mismos criterios con los que se juzga a otros líderes de la historia, su imagen se tambalea. No porque haya sido un mal gobernante en términos absolutos, sino porque la narrativa oficial ha convertido a un hombre de carne y hueso en una figura inmaculada, y esa santificación de los políticos, en cualquier contexto, es peligrosa. Nos impide ver sus errores, aprender de ellos y, sobre todo, evitar repetirlos. Su origen no fue garantía de apoyo a las etnias indígenas, por el contrario, poco hizo por ayudarlas.

Quizá sea momento de replantearnos nuestros héroes. No para derribarlos sin más, sino para humanizarlos. Juárez no necesita ser un símbolo intocable; basta con que lo recordemos como lo que fue: un hombre con aciertos y errores, con grandeza y contradicciones. En un país que necesita reconciliación con su pasado y su presente, hacer un ejercicio de memoria crítica no sólo es saludable, sino también necesario.

Es domingo, mañana se celebra el natalicio de Benito y es buena idea sumergirse en la lectura de Zunzunegui. El día se presta; él piensa parecido a mí, o quizá sea más honesto decir que soy yo quien le aprendo. Ando tratando de desconectar, de paseo con la Unagi; toca relax, mole y mezcales. Contento, sin perder de vista la receta de mis doctores del Hospital Ángeles: descanso y buenos alimentos. Feliz día.

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