Como la vida misma
A más de dos siglos de su independencia, nuestro país mantiene las raíces de la Colonia.
CONTIGO EN LA DISTANCIA
Nuestro país es muy raro, extraño y distinto, difícil de entender y más aún de conocer, dueño de esa rareza que lo hace único, sui géneris. Tan rico y tan pobre, tan indio y tan español, tan cosmopolita, tan lleno de cultura y, a la vez, tan ignorante. A más de dos siglos de su independencia, mantenemos raíces de la Colonia y seguimos siendo dramáticamente dependientes.
La riqueza de la etapa precolombina, tan denostada a veces, se descoloca abruptamente con la salvaje aparición del reino de Castilla, con sus arcabuces y el abominable clero de aquel entonces.
Insisto, salvaje, cruel y sanguinaria, que no fue dulce fusión y que significó una forzada mezcla de razas que aún hoy, 500 años después, sigue incidiendo en el complejo de identidad que nos convulsiona; esa duda instalada en el subconsciente que nos impide un acercamiento real a las etnias de origen sin menospreciarlas y, al mismo tiempo, nos separa de la matriz europea. Ni de aquí ni de allá, un poquito de ninguna parte.
México es mágico, su historia moderna se sostiene en tres o cuatro grandes paradojas.
La Conquista, tan violenta y tan inexplicable, tiene en nuestro pueblo su base y fundamento, Cortés con sus 500 hombres y 300 bestias no hubiera podido hacer mella en Tenochtitlan de no ser por el odio y apoyo de los tlaxcaltecas y otros pueblos vecinos contra los aztecas.
La independencia del reino jamás hubiera partido del ideario de los mexicanos, tan oprimidos y mantenidos en la ignorancia, fue la clase alta, la española, y, si acaso, la criolla, la que decidió rebelarse contra España, aprovechando la difícil encrucijada que vivía en sus guerras europeas.
La Reforma, no reformó casi nada, nos puso en los libros de texto a un héroe tan falso como impostado, Benito Juárez, un indio tan antiindios que, si se estudia a profundidad, resulta un personaje repudiable.
Y como colofón, la Revolución. Nunca en la historia de la humanidad, un grupo de revolucionarios golpistas contra un dictador acaban arrasando a unos para repartirlo a otros tan parecidos a los anteriores, en fin, que pasamos de la mala, a Guatemala.
Con ese bagaje, México vive. Con ese enorme contrapeso, con uno de los niveles de educación más bajos del mundo, con esa asquerosa y monumental diferencia entre ricos y pobres, una democracia semificticia, una corrupción natural y asumida como parte de la normalidad, con miles de defectos que ya no menciono por no deprimir al lector; aun así, con todo eso... sigue siendo una tierra hermosa, plena, llena de oportunidades y abierta a crecer y a superarse.
No puedo menos que sentirme orgulloso de haber tenido la fortuna de nacer aquí, no puedo menos que agradecer, en nombre de mi padre, aquella transición entre la pobreza y el éxito.
Me siento obligado a defender sus múltiples glorias, a sentir honesta empatía con su gente, de que cuánto más los estudio, más me gustan mis paisanos, que creo fervientemente en que hay mucho que mejorar y sé que es posible, que se dará ese cambio, lenta y sufridamente, pero de manera imparable, gracias a la energía de sus jóvenes.
Desde mis vacaciones, lejos de la perspectiva histórica, con la que mantengo una prudente distancia, sí que quiero celebrar a mi tierra, desde ese íntimo sentido de maternidad, de origen, de pertenencia, desde mis más chilangos adentros. En gran parte porque desde donde hoy les escribo, tengo saudade de mis tacos al pastor y de mis tequilas, antes y después de comer.
Para enamorarse más de México es imprescindible salir y verlo desde afuera.
